Qué bonito, Andrés

Que alguien se atreva a cantarnos y a contarnos lo bonito que es esto, el solo hecho de estar, aunque sea con mascarilla; de encender el teléfono movil para dar luz a una canción; de recordar lo malo que nos pasó para no olvidar que fue real y que tenemos que cuidarnos; de seguir; de poder vernos y emocionarnos; de mirarnos a los ojos y llorar y reírnos contigo y con tus canciones.

Qué bonito, Andrés Suarez, siempre
Y qué importante, hermanita ♥️

Brindemos por lo que sí conseguimos

Son momentos para celebrar, en la medida de la posible, los logros que hemos conquistado. Algunos pensarán en la vacuna; otros en el momento en el que pudieron reabrir sus negocios; algunos en la forma en la que la vida les obligó a organizar sus prioridades; muchos aprendieron a cuidarse mucho para poder cuidar a sus seres queridos.

Lo cierto es que todos hemos conseguido algo. Y estamos aquí para poder seguir celebrándolo. Decía Saramago que «somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos» y, para todos los que sentimos que lo estamos haciendo bien, vaya este humilde homenaje en forma de palabras. 

Gracias, gracias por seguir adelante en tiempos complicados. Por brindar por lo que sí conseguimos y no por todo (aunque fuera mucho) lo que perdimos en el camino. Gracias por pedirle al año nuevo más tiempo para seguir pidiendo deseos. El mundo ha cambiado. Nosotros cambiamos con él pero no perdemos nada solo necesitamos adaptarnos y seguir ganando. Creatividad, ilusión, empatía, resiliencia, confianza, cuidado, brindemos juntos por todas estas palabras que nos ayudarán sin duda a seguir cumpliendo sueños.

¿Has visto alguna vez una ineptitud?

 —¿Has visto alguna vez una Ineptitud? —preguntó el Gato de Cheshire con la brusquedad que lo caracterizaba.
    —Una de verdad nunca —dijo Alicia—. ¿Tenéis alguna por aquí?
    —Algunas —respondió el Gato lacónicamente—. Ahí está, por ejemplo, el ejemplar más perfecto que tenemos —añadió contrayendo las pupilas para fijar la mirada a la distancia adecuada.
    Alicia siguió la dirección de su mirada y entonces reparó en una figura sentada en una postura bastante incomoda sobre nada en concreto. No tuvo tiempo de preguntarse cómo lo lograba, porque se entretuvo examinando el aspecto de la criatura, una mezcla de signo de interrogación y algo semejante a un alca, y que parecía haber intentado mejorar su descuidado plumaje dandole una capa de cal.
    —¡Menudo desastre está hecha! —observó Alicia tras contemplarla durante unos instantes en silencio—. ¿Qué es? ¿Y por qué está ahí?
    —No significa nada —contestó el gato—, sólo es.
    —¿Habla? —preguntó Alicia con expectación.
    —No sabe hacer otra cosa —soltó el gato con una risita.
    —¿Podrías decirme qué hace aquí? —preguntó Alicia de forma educada.
    La Ineptitud sacudió la cabeza con un ademán de disculpa y dijo arrastrando las palabras:
    —No tengo ni idea.
    —Nunca tiene ninguna —interrumpió groseramente el Gato de Cheshire—, aunque en sus momentos de ocio —y Alicia pensó que seguramente disponía de muchos—, cuando no está jugando con una pelota de gutapercha, desentraña los fundamentos de aquello en lo que la gente cree… o de aquello en lo que no cree, ya no me acuerdo.
    —La verdad es que no importa —dijo la Ineptitud con lánguido interés.

Así convertimos la Navidad en un festival de creatividad para no pensar

El año pasado mi padre y yo nos quedamos a vivir en el pueblo desde Septiembre hasta Enero, huyendo un poco de la amenaza del virus en la ciudad y teniendo en cuenta que nuestro trabajo nos lo permitía (él trabaja de jubilado y yo de autónoma, así que nos pudimos autogestionar bastante bien). Mi madre y mi hermana venían a pasar todos los fines de semana con nosotras y cuando recuerdo aquellos días tengo una emoción dura y bonita a la vez. Complicado de explicar con palabras.

Teníamos mucho tiempo allí porque la vida en un pueblo es una maravilla: levantarse pronto, pasear aunque llueva o haya niebla, limpiar una casa grande, poner la estufa de leña, comer, descansar, y pensar. Teníamos mucho tiempo para pensar y quizas por eso entre los cuatro nos ayudábamos para no pensar demasiado y se nos ocurrió volvernos locos con la Navidad. ¿Por qué no? Teníamos un jardín grande, ideas, tiempo y mucha creatividad para pensar en otra cosa que no fuera pensar. La impulsora fue mi hermana con algunas ideas de Internec (como dice mi padre) pero lo cierto es que durante unas semanas estuvimos como locos construyendo un árbol de madera, pidiendo luces en Amazon, diseñando estrellas luminosas y no pensando.

El resultado fue una maravilla. Nos «contagiamos» de tal manera que todos los días hacíamos un encendido oficial a las 18h de la tarde, con villancicos en el móvil y accionando de cada uno de las luces de la morera, el porche, la verja o el árbol. Era el momento más mágico del día. Una demostración de cómo convertir una situación complicada en una oportunidad para disfrutarla.

Fue una de las mejores navidades que recuerdo. Levantarnos y asomarnos a la era a ver la cencellada, encender la estufa y jugar el rummy los cuatro, vestirnos elegantes para una cena deliciosa y brindar porque los tiempos mejoraran con el convencimiento de que lo íbamos a conseguir.

Uno de los que mas disfrutaron con nuestra locura fue mi tio Manuel. Se acercaba por las tardes a ver el árbol y se reía con el encendido. Seguro que pensaba que estábamos un poco locos pero las luces nos hacían a todos sentirnos un poco menos solos. Ahora mi tio Manuel no está, ni nosotros vivimos en el pueblo pero este año lo haremos de nuevo, porque estoy segura de que nos ve desde el cielo y porque lo necesitamos todos: un poco de locura, mucha luz y un árbol lleno de buenos deseos.

No estar disponible siempre

Estoy trabajando mucho en este punto, últimamente. Resulta que en tiempos complicados, mas que nunca, uno se da cuenta de sus prioridades y de sus virtudes y sus defectos. Yo soy sensible, luchadora, concienzuda, curiosa y creativa. Pero también soy frágil (creo que todos lo somos) y muy facilitadora. Tiendo a estar ahí para los demás poniéndoles por delante de mi misma. Y ya no quiero. Ya no quiero perder mi tiempo con gente que solo pide y nunca da. Le he quitado etiquetas a personas que ya no forman parte de mi vida y a cambio tengo un montón de espacio para los que aparecen y sí quieren. Intento lo pensarlo como una pérdida, que no lo es, sino como un síntoma claro de madurez 🙂

¿A ti también te pasa?

A veces tengo la sensación de que soy un buen recipiente de palabras. Quizas es porque me gusta cuidarlas, tratarlas con mimo, analizarlas, complementarlas… y entonces siempre llega alguien y me llena el recipiente. Ni un cómo estás o necesitas algo ni siquiera tengo algo que contarte, es mas bien un ”ahi te lo dejo”.

Y ahora ¿qué hago yo con ello?

José Sacristán

«Yo me ataba unas cuantas plumas de gallina a la cabeza y me plantaba desafiante delante de mi abuela. “Virgen santa, un indio”, gritaba mi abuela. “Se lo ha creído”, decía yo, se lo ha creído… Se lo han creído, se han creído que era el estudiante, el pregonero, el de los globos, el recluta, el emigrante, el abogado, el ingeniero, el médico, el asesino… Qué suerte, más de 60 años sin dejar de jugar»

(Discurso de recogida del Premio Nacional de Cinematografía 2021)

Adicción a las palabras

Hemos venido a este mundo a hablar. Y aunque no tenemos un manual de instrucciones, nuestro cerebro está hecho para eso. Pero sigue siendo curioso que en el pasado las personas que tenían colmenas acostumbraran contar sus cosas a las abejas, ¿no?

POR CARMEN PACHECO

ace unos meses, una amiga escribió un hilo en Twitter sobre la ancestral costumbre de contarles cosas a las abejas. Hasta principios del siglo pasado, en muchos países de Europa, las personas que tenían colmenas informaban a las abejas de los eventos importantes de la familia, como nacimientos, bodas y funerales. Se creía que, en el caso de no dedicarles esta atención, las abejas podían ofenderse hasta el punto detener la producción de miel, marcharse o incluso morirse.

Abejas

No es más que otra curiosidad en la larga lista de excentricidades de nuestro pasado, pero por alguna razón no puedo dejar de pensar en la gente que iba por ahí contando sus cosas a las abejas. Creo que lo que más me obsesiona de este dato es que, como ofrenda, a las abejas les diéramos información.

En La vida secreta del cerebro, la neurocientífica Lisa Feldman Barrett explica cómo los cerebros humanos llegan a la vida sin estar apenas desarrollados. A diferencia de otros animales, cuyos genes almacenan toda la información que necesitan para sobrevivir en solitario a las pocas horas de nacer, el cableado de nuestro cerebro depende de una cultura que lo moldee. No es circunstancial. Millones de años de evolución han dado como resultado este modelo, ahorrándonos el coste biológico que tendría, por decirlo mal y pronto, venir de fábrica con las capacidades puestas.

Al leer esta parte del libro, no pude evitar imaginarme el cerebro de un bebé como un hardware superpotente, con un sistema operativo básico, que depende de los adultos de su entorno para obtener el software que necesita. Y lo hará a través de muchos elementos, pero sobre todo del lenguaje. Cuantas más palabras aprenda, más conceptos podrá manejar y más complejo será su pensamiento.

No es raro entonces que las personas contaran cosas a las abejas, ¿no? Hemos venido a este mundo a hablar. Literalmente nuestro cerebro está hecho para eso, pero tampoco tenemos un manual de instrucciones que nos diga cuándo es necesario y cuándo no. Lo hacemos porque nos resulta natural. Y como demuestra la invención de la escritura, la imprenta y recientemente Internet, nuestra compulsión comunicativa no conoce límites.

Pero, como dice Feldman Barrett en su libro, las palabras no son simples abstracciones. Nacemos predispuestos a reaccionar a ellas y tienen un efecto físico en nosotros. Recibir un insulto te acelera el corazón y tus músculos se tensan, incluso aunque reflexiones y decidas que solo es alguien en Twitter que no te conoce de nada y, por lo tanto, no tiene importancia. Es mucho más sutil en la mayoría de los casos, pero todo lo que leemos y todo lo que oímos tiene algún efecto sobre nosotros.

La pregunta es: ¿Cuántas palabras al día bombardeaban el cerebro de una persona de la prehistoria y cuántas recibimos hoy? ¿Nos sirven de algo la mayor parte? ¿Y qué palabras nos sientan bien y cuáles nos hacen daño? ¿Nos hemos parado a pensar en ello?

Las palabras son tan fascinantes que con ellas puedo alertar de sus peligros desde esta misma columna. Cuidaos de su poder y servíos de él. Después de todo, las abejas son inmunes a su efecto, pero nosotros no.

Columna publicada en el número de agosto 2021 de Vanity Fair España.

Sozinha

Esta serie de fotografías tomadas durante mi viaje a Peniche (Portugal) representan la soledad, si pones el foco en cada una de las personas que aparecen en las imágenes. Pero si te fijas en lo importante, que es el entorno, escucharás gritar a la naturaleza esta preciosa palabra portuguesa que significa “por ella misma”. No necesita a nadie mas.