Camino Lebaniego. Primera etapa.

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Cuando nos montamos esta mañana en el autobús para ponernos en marcha hacia el Camino Lebaniego, dentro íbamos nueve, pero todos sabíamos que en realidad éramos alguno más. Es lo bonito de caminar, que lo puedes hacer físicamente mientras llevas a alguien más en la cabeza, y lo piensas con mucha fuerza para que sienta que está ahí, también, caminando. Y por si acaso no os llegan bien nuestros pasos, no os preocupéis, que siempre nos quedan las palabras. Y este año, las mías son todas para vosotros 🙂

Llegamos a San Vicente de la Barquera a las 12 con la intención de recoger las credenciales en la parroquia, pero aprovechamos el paseo y visitamos por dentro la Iglesia, vimos el dedo de un Santo e hicimos pis en el Ayuntamiento. Este grupo es así, y todo lo que es cuento es tan cierto como que os lo estoy contando.

Total, que con credenciales llegamos a Muñorodero a comenzar el Camino. La gente normal lo comienza en San Vicente de la Barquera pero nosotros somos gente fuera de la normal y por eso nos quitamos de un plumazo quince kilómetros y decidimos empezar más abajo, porque entre el viaje desde Salamanca y la comida sino no alcanzábamos a terminarlo.

A las 14:30 nos pusimos en marcha y enseguida todos coincidimos en que la Senda Fluvial del Nansa, donde comenzamos la etapa, era tremendamente bonita. Muy bonita. Preciosa. No os exagero si os digo que todos, aleatoriamente y sin tardar más de diez minutos, hemos ido repitiendo a lo largo de la etapa lo bonita que es la Senda y el regalo que es hacerla.

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Marcada con dificultad media por los pasos resbaladizos de madera o los senderos serpenteantes con piedras muy paralelos al río, merece la pena recorrerlo, sin duda: en qué otro sitio puedes caminar y ver barbos, descubrir ranas enanas, asomarte a una cueva con murciélagos, comer moras directamente de la morera, descubrir un árbol que abraza a otro árbol o varear un nogal para conseguir las primeras nueces…Es un regalo de camino, de verdad.

Al terminar después de casi cinco horas (lo cierto es que hemos caminado muuuuuuy tranquilos) llegamos a Cades y sellamos en el albergue, para luego marcharnos en dirección Buelna, donde dormimos. No nos ha dado tiempo ni a ver la playa, entre que nos hemos organizado para cenar y para instalarnos, así que mañana nos levantaremos para la segunda etapa, que se prevee más dura y a ver si nos podemos regalar una tarde en la playa después del cocido Lebaniego que ya tenemos reservado:-)

Banda sonora:

Hasta mañana!

Tenemos canas de Onís… y tú no

El año pasado durante el puente de diciembre nos fuimos a París y nos pusieron un juego de pistas cojonudo para encontrar nuestro apartamento.

Desde entonces parece ser que nos han puesto en una Base de Datos de Yincanas para encontrar el alojamiento en los puentes, y al final se acaba uno acostumbrando. En esta ocasión, nos decidimos por un pueblecito de la montaña, en Asturias, y llegamos a la hora acordado al lugar acordado. Pero no era. Preguntamos a los vecinos y nos dijeron un sitio equivocado. Adrede. Luego llamamos a la “Señora” y nos dijo “ahí no es” y colgó. Así que empezamos a comparar casa por casa a ver si alguna se parecía a la de booking. Muy divertido todo. Finalmente la “Señora” se decidió a venir y nos echó una bronca asturiana del copón por equivocarnos de pueblo. Que ese no era el pueblo. Que era otro pueblo. Y que venga, que nos íbamos al otro pueblo. Que está al lado del pueblo. Que era el pueblo que era. La seguimos con el coche, la desconfiguramos, cogimos las llaves y nos fuimos, por fin, a nuestra casa.

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Y hemos pasado un fin de semana fabuloso. Tranquilo, calentito, con muchas risas. 

Tranquilo porque nos hemos dedicado a comer, dormir, jugar, ver la tele y huir, digo, hablar, que es lo que hacen las amigas. Y cuando nos cansábamos de cualquiera de las variables anteriores nos cogíamos la mochila y las botas de montaña y nos íbamos de ruta. No ha sido nada fácil, esta parte, porque nos quitaron el Cares por desprendimientos, el desfiladero de Xanas porque la de turismo no tenía ni idea, los lagos de Covadonga por nieve, el bosque de Muniellos porque estaba lejos… Al final nos decidimos por el descenso del Sella, y así fue como una tarde tranquila de diciembre nos cogimos un sendero y bajamos desde Sobrepiedra hasta la orilla. Descendimos, vamos. Fue una experiencia tan agradable, aun con la lluvia, que al día siguiente nos decidimos también a abandonar la cama y nos pusimos rumbo a la Olla de San Vicente, una ruta tranquila pero asturiana, llena de colores, animalillos, desfiladeros (pequeños), piedras y un paisaje precioso. Coronado, como no puede ser de otra manera, con unos buenos bocatas y frutos secos 🙂

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Calentito porque la “Señora” ha decidido alargar la yincana durante toda nuestra estancia y se ha pasado el puente jugando con el termostato y con las luces. Primero nos hizo creer que pasaríamos frío, y por eso adoptamos a Toby, un radiador de aceite abandonado que vagaba por ahí.  Y cuando estábamos de mantas hasta las cejas nos puso la calefacción a tope y empezamos a desintegrarnos. Hubo un momento después de comer que nos pusimos delante de la tele con un peliculón fabuloso (El Chico de tu vida, se llamaba) y¡nos quedamos todas dormidas! O cloroformo, o calor, porque está claro que ese título no es para dormirse ni mucho menos… Después como vio que nos acostumbrábamos enseguida a las altas temperaturas, empezó a jugar con los plomos. Y ahí si que no. Porque empezamos una competición absurda. Si apago esto, y enciendo esto,  saltan igual. Si apago la cocina y enciendo el baño, saltan también. Si pongo el microondas y el horno, saltan igual. Si quito el microondas y enciendo toda la casa, saltan igual. Ganó ella, sin duda. Así que nos quedamos a oscuras, y empezamos a jugar a Tinieblas, que es otra opción muy lógica. Y muy divertida.

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De ahí que también nos hayamos pasado un fin de semana también con muchas risas. Porque las risas son sanas y a veces se esconden detrás de las camas, de las acaricias, de las ramas 🙂 Nunca se sabe. Hay que buscar, y encontrarlas.

había una vez un hombre que caminaba

había una vez un hombre que caminaba y caminaba y caminaba y caminaba y caminaba y caminaba y caminaba y caminaba. un día, en medio de un paraje precioso, sintió que en un pie le entraba agua. paró. y descubrió un agujero enorme en su bota. jamás se había imaginado que pudiera pasarle algo así. él adoraba caminar y no se cansaba. no sé había parado a pensar que sus botas, mientras tanto, sí se gastaban.

solo quería seguir caminando. así que se descalzó. le quedaba mucho por recorrer, aunque fuera descalzo.

desde entonces, en medio de la ruta, descansan unas botas de montaña con un sincero epitafio “aquí yace el espíritu de un hombre que por encima de todo quería seguir caminando.” 

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