EL PASTOR

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Y lo pongo así, en mayúsculas, porque ayer el cine estaba lleno, Miguelón en su papel estuvo inmenso y los cielos de la Armuña no pueden representar mejor la inmensidad.

Tenía muchas ganas de acudir al estreno de esta película rodada en La Armuña -que me ve pasear todos los días y que me regala las estampas más claras, sencillas e intensas que llevo en la retina-. Ayer me emocioné con las palabras de Jonathan Cenzual, el director, que afirmaba “la belleza que tiene la zona radica precisamente en el hecho de que no haya nada. Pero no solo impacta cinematográficamente , sino emocionalmente. Nunca me aburro de esa inmensidad que tiene, y eso lo hay en pocos sitios. No hay ningún sitio de presión por una montaña o por un valle. El horizonte es infinito. A la gente no le parece tan bonito porque la idea de belleza se ha ligado a veces con el paisaje bucólico de La Toscana italiana o de una playa. Esos cielos e inmensidad que ves en La Armuña no los ves en ningún otro sitio.” 

Precisamente es esa NADA que menciona la que me unía a la historia irremediablemente Ese sentimiento de estar en un lugar que no tiene nada pero es inmenso a la vez. Ese contraste entre lo que creemos que es grande y no lo es, y lo pequeño que parece algo que, en realidad, es inmenso.

“El pastor” comienza con unos minutos increíblemente buenos dedicados a la vida de Anselmo, dedicado por completo al cuidado de las ovejas, acompañado por su perro y por algunos libros que descansan en su mesilla y ya nos van rompiendo tópicos. La película se abre como se abre el cielo que acompaña estos planos, y va lenta como un día en un campo armuñés, como las propias ovejas, que no tienen nada más que hacer que seguir el camino marcado.

La vida de Anselmo tendría sentido en un mundo sin prisas ni plásticos ni embargos, pero bien sabemos que ese mundo ya no existe, y cuando la realidad comienza a llamar a su puerta, sus cielos también comienzan a ser más pequeños y más cortos sus paseos. La vida de Anselmo estaba bien para Anselmo, pero nadie permite ya que cada uno haga lo que quiera. Ni mucho menos. No somos Anselmos. Somos ovejas.

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La trama aumenta la tensión y la metáfora, a veces demasiado evidente, va cobrando forma con cada diálogo, con cada enfrentamiento que se va llevando la templanza de un pastor que lee a los clásicos, bebe mucho vino y lava su ropa con extremo cuidado. De toda la película sin dudarlo me quedo con Anselmo, y con todos los Anselmos del mundo, que ven un poco más allá del dinero y de los tiempos que nos ha tocado vivir, donde el horizonte más que disfrutarse se fotografía, y se olvida uno de mirar y de fijarse, pendiente siempre de la prisa, de ir más allá sin saber ni dónde queda eso.

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¿El final? Abrupto. Duro. Seco. Pero también es seca La Armuña y duros sus inviernos.

 

Camino Lebaniego. Segunda Etapa.

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Esta mañana nos levantamos puntuales a las 7 para desayunar como reyes y ponernos en marcha pronto. Nos gusta el tema de la gastronomía tanto como el del senderismo, está claro 🙂
La segunda etapa discurre entre Cades y Cabañes pero como somos gente fuera de lo normal la acortamos hasta Cicera, porque nos habían avisado que de Cicera a Lebeña el tramo es muy empinado y costoso, y porque habíamos reservado un cocido Lebaniego en Cicera y a ver quién camina después con eso en el cuerpo, para que nos vamos a engañar…

La mañana nos recibió con lluvia y la primera parte la hicimos con chubasquero, paraguas y asfalto pero sin perder la sonrisa. No teníamos la senda del día anterior pero si manteníamos unas vistas privilegiadas. Vi un ciervo y una cabra o rebeco, ¿qué más se puede pedir? 🙂

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Hicimos parada técnica y necesario enLa Fuente, en esa iglesia románica tan honra que tuvimos la suerte de ver por dentro ya que otros peregrinos que estaban en el mismo lugar habían pedido la llave. Ya nos conocimos, hablamos un rato y nos acompañamos el resto de la jornada. Cogimos agua de la “fuente” y reanudamos el camino.

Al salir de La Fuente, con nubes pero sin lluvia, viendo el itinerario ya empezamos a comentar “parece que hay una subidita” pero a medida que subíamos la frase cambiaba “menuda subidita”, “vaya con la subidita” o “este pueblo no debería llamarse Burió sino Subió y ya no bajó”. Menuda subidita. Menos mal que el tiempo nos ha acompañado, y además del tiempo la ilusión por el cocido Lebaniego que habíamos reservado al llegar a Cicera, en el Mesón de Marcelo. ¡Qué rico! ¡Qué garbanzos! ¡Qué tocino! Salimos de allí casi rodando y decidimos pasar la tarde tranquilamente en la playa de La Franca.

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Y es que amigos, parece ser que caminar tiene también algo que ver con parar y disfrutar de cada momento, en movimiento o sin movimiento. Esto implica ser paciente, conseguir no darle importancia a las cosas que no lo merecen y pase lo que pase, seguir caminando cuando corresponde.

Banda sonora del día:

Camino Lebaniego. Primera etapa.

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Cuando nos montamos esta mañana en el autobús para ponernos en marcha hacia el Camino Lebaniego, dentro íbamos nueve, pero todos sabíamos que en realidad éramos alguno más. Es lo bonito de caminar, que lo puedes hacer físicamente mientras llevas a alguien más en la cabeza, y lo piensas con mucha fuerza para que sienta que está ahí, también, caminando. Y por si acaso no os llegan bien nuestros pasos, no os preocupéis, que siempre nos quedan las palabras. Y este año, las mías son todas para vosotros 🙂

Llegamos a San Vicente de la Barquera a las 12 con la intención de recoger las credenciales en la parroquia, pero aprovechamos el paseo y visitamos por dentro la Iglesia, vimos el dedo de un Santo e hicimos pis en el Ayuntamiento. Este grupo es así, y todo lo que es cuento es tan cierto como que os lo estoy contando.

Total, que con credenciales llegamos a Muñorodero a comenzar el Camino. La gente normal lo comienza en San Vicente de la Barquera pero nosotros somos gente fuera de la normal y por eso nos quitamos de un plumazo quince kilómetros y decidimos empezar más abajo, porque entre el viaje desde Salamanca y la comida sino no alcanzábamos a terminarlo.

A las 14:30 nos pusimos en marcha y enseguida todos coincidimos en que la Senda Fluvial del Nansa, donde comenzamos la etapa, era tremendamente bonita. Muy bonita. Preciosa. No os exagero si os digo que todos, aleatoriamente y sin tardar más de diez minutos, hemos ido repitiendo a lo largo de la etapa lo bonita que es la Senda y el regalo que es hacerla.

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Marcada con dificultad media por los pasos resbaladizos de madera o los senderos serpenteantes con piedras muy paralelos al río, merece la pena recorrerlo, sin duda: en qué otro sitio puedes caminar y ver barbos, descubrir ranas enanas, asomarte a una cueva con murciélagos, comer moras directamente de la morera, descubrir un árbol que abraza a otro árbol o varear un nogal para conseguir las primeras nueces…Es un regalo de camino, de verdad.

Al terminar después de casi cinco horas (lo cierto es que hemos caminado muuuuuuy tranquilos) llegamos a Cades y sellamos en el albergue, para luego marcharnos en dirección Buelna, donde dormimos. No nos ha dado tiempo ni a ver la playa, entre que nos hemos organizado para cenar y para instalarnos, así que mañana nos levantaremos para la segunda etapa, que se prevee más dura y a ver si nos podemos regalar una tarde en la playa después del cocido Lebaniego que ya tenemos reservado:-)

Banda sonora:

Hasta mañana!

Mayalde: música y tradiciones que emocionan

No me cansará nunca de escuchar en directo a Mayalde. Nunca. Su forma de defender los valores de la familia y de la tradición, de educar con tiempo y con música, me parece lo más acetado de este mundo en el que nos ha tocado vivir, en el que casi no sabemos mirarnos a la cara sin que haya entre medias – o entre las manos- una pantalla.

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El grupo formado por Eusebio, Pilar y sus hijos Laura y Arturo, se mueve siempre sobre sencillos escenarios cargados de cucharas, calderos, sogas, panderos, zuecos, orinales, platos. Y con ellos entre las manos, utilizan siempre la voz, el recurso que nos hace más humanos que a ninguna otra especie, el habla como elemento que nos diferencia, y con ella el ritmo que nos acompaña desde que aún descansamos en la tripa de nuestra madre.

Con ellos es fácil entender que todas las canciones son infantiles porque se las cantan los viejos, que son los que las saben, a los niños, que son los que las necesitan. También es fácil entender que la tradición siempre encuentra el camino y que cuando nos reunimos, en una plaza, en un patio o en cualquier sitio, estamos nosotras y todos los que ya se fueron pero nos acompañan siempre en el recuerdo. Y ese recuerdo debería estar lleno también de palabras.

Ayer en la iglesia vieja del Arrabal éramos muchos, entre vivos y muertos, niños y viejos, recuerdos y proyectos. Y creo que puede afirmar que nos emocionamos todos, y cantamos y reímos y nos sorprendimos de todo lo que teníamos en común siendo de pueblos diferentes, de edades distintas, de otros lugares. Nunca me cansaré de escuchar a Mayalde, nunca.

Y ójala que hubiera muchas familias como la suya, que transmite de generación en generación el amor por la palabra como parte fundamental del hecho de educar, y que ríe y bebe y baila y  se propone sin dudar el seguir sembrando la semilla de la tradición para que nunca desaparezca de nuestro lado y nos siga asentando las raíces para que puedan crecer nuestras ramas.

¿Os cuento un secreto? El momento mas bonito de ayer no estuvo en el escenario, sino tres filas por delante de la mía, justo cuando Eusebio comenzaba las “panaderas” y una señora muy mayor, sentada con el bastón al lado, comenzaba a mover sus manos con sus propias panaderas, como si su recuerdo fuera más fuerte que los años y tan resisten como el bastón que la sostiene.

 

Salamanca y te miro

Me gusta el punto de vista de Salamanca que cuenta Raúl Vacas y muestra Victorino García en este libro, “Salamanca y te miro” , presentado hoy mismo en la Feria del Libro de esta ciudad, blanca y negra a la vez, con una tendencia a quedarse un poco gris.

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Dice en él Raúl Vacas cosas tan bonitas como esta:

“Tal vez una mañana inesperada nos detendrá nos detendrá un instante en el olvido para aprender el precio de las cosas. Tal vez no es poco que amanezca. Que la ciudad donde prendió nuestra raíz se nos antoje eterna. Que el amor estrenado en los apuntes pase con nota las convocatorias. Que conquistemos cada territorio. Que murmuremos a los cuatro vientos: ¡Yo aprendí en Salamanca!”

Yo también me fijo, como ellos, en las historias que ocultan los que pasean, en los secretos que esconden los vuelos de las cigüeñas o los años de las piedras. Las palabras y las imágenes de este libro nos invitan a curiosear, a descubrir otra historia dentro de la Historia que todos cuentan y ya nos sabemos de memoria.

De verdad, salmantinos. Merece la pena.

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Estoy hecho un poema

En un día tan especial como hoy, 21 de marzo, en el que la llegada de la primavera coincide con el Día Mundial de la Poesía, y nos recuerda que “un poema no es un pájaro, sino el vuelo de los pájaros. No es la nube, sino la canción de las nubes” (Hector Miguel Collado), me resulta imposible recomendar solo un libro. No puedo. La poesía está en todas partes, nos acompaña en cada momento, con ella despertamos la imaginación, y utilizamos el lenguaje de forma lúdica, ejercitando la memoria, la capacidad de escucha y atención. La musicalidad y sonoridad de las palabras demuestra que cualquier momento es adecuado para ponerle tono poético.

Tienen poesía las bolsas de plástico gracias a Karmelo C.Iribarren en la obra Versos que el viento arrastra (El Jinete Azul, 2010), demostrando que todos soñamos con volar:

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Y también hay poesía en los barras, aunque sea de usar y tirar, porque trazar sobre una servilleta de papel o sobre un posavasos nuestros sentimientos y emociones, es uno de los modos más naturales de exhibirnos en lugares comunes, al alcance de cualquiera. Lo podéis comprobar en la obra Poesía de Barra (A Fortiori Ediciones, 2010):

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Día del Almendro 2017

Hoy se celebraba en el pueblo de La Fregeneda de Salamanca el Día del Almendro y, aunque todos los hombres del tiempo vaticinaban lluvia, nubes y tonos grises., Andrés y yo nos pusimos en cambio porque es una pena dejar que la meteorología o Roberto Brasero te estropeen un domingo.

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De hecho, al llegar allí descubrimos cómo el sol brillaba tímidamente y los almendros adornaban todos los alrededores de La Fregeneda, con tonos blancos y rosas, anticipando con sus brillos la primavera. Después, en cinco minutos recorrimos el pueblo y en media hora los cuatro bares que tiene, al ritmo del Paquito Chocolatero que nos regalaba la charanga y de los cánticos reivindicativos del gracioso a la par que borrachín del pueblo, quien cantaba fandangos aderezados con algún “la culpa de todo la tiene Rajoy” y “el que lo consiente, que es Felipe VI”.

Ha sido un día bonito pero mañana también lo puedo ser. Tenemos tanta manía de ponerle nombres a todo, en los tiempos que corren, que alguno se pensará que a ver almendros a La Fregeneda solo se puede ir el Día del Almendro, y es mentira. Mañana estarán allí, mas bonitos si cabe, y pasado y la semana que viene. Mañana no irá verlos nadie con traje, eso es cierto, pero el día que quieras, puedes ir tú. Allí te esperan 🙂

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Harto le cuesta al almendro

hacer primavera del invierno