13 reasons why

(esta entrada está plagada de spoilers)

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Powerful.

Painful.

Ayer terminé – por fin- de ver la serie de Netflix “13 reasons Why” y lo agradezco muchísimo porque llevo días debiéndole horas al sueño y así uno no puede vivir. Hacía tiempo que no me enganchaba a una serie y ya no recordaba ese autoengaño tan tonto de ver solo el comienzo de un capítulo mas, total, así me entero de que va a pasar, para terminar a las tantas de la mañana con el ordenador encendido y la sensación de que está pasando algo muy importante pero no te estás enterando de nada. Ese es otro de los fabulosos problemas que no teníamos cuando las series las ponían UN día a la semana a UNA hora en la tele y si no estabas en casa te jodías. Y punto. Al día siguiente te la contaban y tan agusto que te quedabas. Pero esa es otra historia.

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Ayer antes de terminar el último capítulo pensé que la serie debería haberse llamado “Una serie de catastróficas desdichas de Hanna Baker” pero entonces llegó el fin y me quedé con dos palabras clave: POWERFUL. PAINFUL.

La vida en el instituto es eso: poder y dolor, a partes iguales. Cuando eres adolescente no tienes muy clara la intensidad de lo que estás viviendo, y te centras mucho en amigos que te ayudan a equilibrar la balanza, en miembros de la familia que te recuerdan que hay vida más allá del horario escolar y que, dentro de su sabiduría, te recuerdan constantemente que todo pasará. Todo pasa.

En el instituto todo pasa por primera vez: la primera fiesta, el primer cigarro, la primera gran bronca, la primera vez que sientes de verdad la soledad o que experimentas desengaño. El primer amor, el primer dolor, la primera herida y también la cicatriz. Creo que Hanna Baker es un personaje bien logrado que todos hemos conocido en nuestra vida adolescente. Y tuvo muy mala suerte, si, pero tuvo poco valor para darle la vuelta a las cosas cuando aún estaba a tiempo de hacerlo. Hanna Baker de mayor habría seguido siendo Hanna Baker.

El resto de personajes beben de los tópicos de los “High School” americanos y completan a la perfección un cuadro muy contemporáneo: familias desestructuradas, padres que viajan mucho, figuras paternas autoritarias, madres ausentes, y de ahí en la mayoría de los casos, los peores adolescentes. Solo se libra Clay. Tener diecisiete años y no sentir miedo de ser distinto del resto, es digno de un protagonista de calidad. Creíble, tranquilo, inseguro a la vez y enamorado. Un cóctel de emociones que le hacen crecer capítulo a capítulo y le permiten conectar- espero- con el espectador joven.

Porque si están prohibiendo en algún lugar del mundo esta serie o temiendo qué pueden hacer los adolescentes después de ver los trece capítulos, es porque en el mundo real tendemos a  crear más Hannas Baker que Clays Jensen.  Y eso no es culpa de una serie.

No. Que cada uno escuche su cinta interior y piense de dónde viene todo esto. Dónde empezó a faltarle la ilusión o la fuerza para cambiar las cosas que no le gustaban. En qué momento se sintió tan poco que necesitó pertenecer a algo mucho mas grande, olvidando el tamaño de sus sueños o de sus deseos. Pulsad play.

Felices sueños.

 

Capítulo VIII

1

Bambi

Félix Salten

Las hojas empezaron a caer del roble grande situado al borde del prado, y también de todos los otros árboles. Una rama del roble se elevaba muy por encima de las  otras, extendiéndose hacia el lado de la pradera. Dos hojas pendían aún del extremo de esa rama.

—Ya nada es como fue hasta hace poco —dijo una hoja a la otra.

—No —contestó ésta—. Muchas de nosotras han caído esta noche; tú y yo somos casi las únicas que quedamos en esta rama.

—Una nunca sabe a quién le tocará caer antes —dijo la primera hoja—. Aun cuando hacía calor y brillaba el sol, una tormenta o un simple chaparrón bastó para que muchas de nosotras cayesen, a pesar de que todavía eran jóvenes. ¡Ah! Una nunca sabe cuándo le tocará caer…

—El sol ahora brilla raras veces —dijo la segunda hoja con un suspiro—. Y las pocas veces que sale no calienta. Hace falta que vuelva el calor.

—¿Será cierto —dijo la primera hoja—, será cierto que cuando nosotras nos hayamos ido vendrán otras hojas a ocupar nuestro lugar, y después de ésas, otras, y así sucesiva e indefinidamente, unas hojas irán reemplazando a otras?

—Sí, eso es cierto —murmuró la segunda hoja—. Eso es algo que nosotras no podemos siquiera imaginarlo. Está fuera del alcance de nuestra comprensión.

—El saberlo me entristece mucho —agregó la primera hoja.

Las dos permanecieron calladas un momento. Después la primera hoja se dijo en voz baja:

—¿Por qué debemos caer?…

La segunda hoja preguntó:

—¿Qué es de nosotras una vez que hemos caído?

—Nos enterramos…

—¿Qué hay debajo de nosotras?

La primera hoja contestó:

—No lo sé; algunos dicen una cosa, otros, otra. Pero nadie sabe nada, en realidad.

La segunda hoja preguntó:

—¿Sentimos algo, nos enteramos de lo que es de nosotras cuando estamos allí abajo?

La primera hoja repuso:

—¿Quién lo sabe? Ninguna de las hojas que han caído regresó jamás para decírnoslo.

Nuevamente volvieron a sumirse en el silencio. Después, la primera hoja dijo con ternura a la segunda:

—No te preocupes por eso; estás temblando.

—Sí, es verdad —replicó la segunda hoja—; estoy temblando. Pero esto no es nada; ahora tiemblo por la menor cosa. Ya no me siento tan firmemente prendida a la rama como antes.

—No hablemos más de estas cosas —sugirió la primera hoja.

La otra replicó:

—No; dejemos que sea lo que el destino quiera. Pero… ¿de qué otra cosa podemos hablar?

Permaneció callada un instante, y luego añadió:

—¿Cuál de las dos se irá primero?

—Todavía tenemos tiempo de sobra para pensar en eso —le aseguró su compañera—.  Ahora recordemos solamente cuan hermoso era, cuan maravilloso, cuando el sol salía y brillaba con tanto calor que creíamos estallar de vida. ¿Te acuerdas? Evoquemos el rocío de la mañana, las noches plácidas, espléndidas…

—Ahora las noches son tristes —se quejó la segunda hoja—; tristes e interminables.

—No deberíamos quejarnos —dijo dulcemente la primera hoja—. Piensa que hemos sobrevivido a tantas y tantas de nuestras hermanas.

—¿He cambiado mucho? —preguntó tímida pero resueltamente la segunda hoja.

—En absoluto —le aseguró la primera—. Tú sólo piensas que has cambiado, al ver que yo me he puesto tan amarilla y fea. Pero en tu caso no ha ocurrido así.

—Me estás engañando —dijo la segunda hoja.

—No, créeme —exclamó enfáticamente la primera—. Créeme; estás tan bonita como el día en que naciste. Es verdad que se te ve una que otra manchita amarilla aquí y allá, pero apenas se notan; y, por otra parte, esas manchitas no hacen sino aumentar tu hermosura: te lo digo de veras.

—Gracias —murmuró la segunda hoja, muy emocionada—. No te creo, no te creo en absoluto; pero lo mismo te quedo agradecida, porque eres muy buena; siempre lo has sido para conmigo. Creo que es ahora cuando empiezo a darme realmente cuenta de lo bondadosa que eres.

—Cállate —dijo la otra hoja; y se calló ella, porque se sentía demasiado emocionada para poder decir algo más.

Las dos permanecieron silenciosas. Pasaron horas. Después, un viento húmedo sopló, frío y hostil, a través de las copas de los árboles.

—Ah, ahora —dijo la segunda hoja—; yo…

Y su voz se quebró. Arrancada de la rama, cayó dando vueltas. Había llegado el invierno.

Lectura, idiomas y juego como paradigma de una nueva educación

La narración de historias constituye una estupenda forma de ejercitar la memoria de trabajo del niño porque focaliza la atención durante periodos de tiempo prolongados y necesita recordar todo lo que va sucediendo -como la identidad de los distintos personajes o detalles concretos de la historia- e integrar la nueva información en lo ya sucedido. Y como una muestra más de la naturaleza social del ser humano, se ha comprobado que cuando se le narra una historia al niño mejora más su vocabulario y el recuerdo de detalles de la misma que cuando la lee simplemente, siendo muy importante la interacción entre el adulto que cuenta la historia y el niño (Gallets, 2005). Asimismo, cuando el niño cuenta una historia al compañero que previamente ha escuchado, intenta memorizar la letra de una canción en la que interviene o participa en un juego que consiste en realizar movimientos concretos asociados a imágenes aparecidas, también ejercita su memoria de trabajo.

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Nuestro cerebro tiene una enorme capacidad para aprender varias lenguas en la infancia temprana y ello confiere diversas ventajas. Las personas bilingües muestran una mejor atención ejecutiva y obtienen mejores resultados en tareas que requieren control inhibitorio, memoria de trabajo visuoespacial o flexibilidad cognitiva. En el caso de niños de 5 años ya se han identificado los patrones de actividad electrofisiológica que diferencian a los cerebros bilingües respecto a los monolingües y que les permiten un mejor desempeño ejecutivo (Barac, Moreno y Bialystoc, 2016). Incluso, cuando bebés de 7 meses aprenden a identificar una señal auditiva o visual que anticipa la aparición de un objeto en una pantalla, aquellos que son educados en un entorno bilingüe son capaces de reorientar la atención cuando el objeto aparece de forma sorpresiva en otra posición, a diferencia de los monolingües que siguen esperando que el objeto aparezca en la misma situación (Kovacs y Mehler, 2009; ver figura 4).

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Si para un buen funcionamiento ejecutivo lo más importante es fomentar el bienestar emocional, social o físico, el aprendizaje del niño tiene que estar vinculado al juego, el movimiento, las artes o la cooperación. O si se quiere, nada mejor para facilitar un aprendizaje eficiente y real que promover la educación física, el juego, la educación artística y la educación socioemocional. Todo ello en consonancia con el proceso natural de maduración del cerebro humano porque en cualquier cultura los niños aprenden a descubrir el mundo que les envuelve bailando, cantando, dibujando, jugando, compartiendo, resolviendo retos… todas ellas tareas que colman las necesidades sociales que tenemos los seres humanos. Seguramente, el entrenamiento puramente cognitivo no es la mejor forma de mejorar la cognición. El éxito académico y personal requiere atender las necesidades sociales, emocionales y físicas de los niños. Una nueva educación es posible. Nuestro cerebro plástico y social agradecerá el nuevo cambio de paradigma.

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Visto en Escuela con Cerebro

Rollin Wild

Rollin Wild es un divertido proyecto audiovisual creado por Kyra Buschor y Constantin Paeplow con el que, a través de sorprendentes animaciones, le dan respuesta a la siguiente pregunta: ¿Qué ocurriría si todos los animales se hicieran redondos de la noche a la mañana?

A través de un argumento tan sorprendente como este cada clip nos ayuda a entender lo importante que es el hecho de ser diferente y el por qué existen esas diferencias, además de hacernos reír a través de la desbordante imaginación de sus dos locos creadores. se me ocurren mil y una aplicaciones didácticas de estas animaciones, desde trabajar los hábitos alimenticios, conocimiento del medio, biología, dibujo, y por encima de todo, la creatividad.

Podéis seguirles a través de su perfil en Facebook o Youtube, ¡muy recomendables!

Marcha contra el Cáncer en Salamanca

Esta mañana he participado por primera vez en la Marcha contra el Cáncer en Salamanca y todavía me dura la sensación de pertenecer a algo grande y bonito que solo creamos cuando nos juntamos por una buena causa.

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Mas de 8.000 personas hemos decidido unirnos a esta iniciativa en una mañana que pronosticaba lluvia pero nos daba igual, porque teníamos ganas y paraguas. Y entonces, con toda nuestra ilusión conseguimos que saliera el sol para comenzar la marcha. Seis kilómetros compartidos con familias, bebés, ancianos y perros, todos con sus camisetas color esperanza. Me gusta pensar que a veces el mundo es algo así, un camino plagado de gente bonita con la que compartir preocupaciones, pasos hacia adelante, risas, una mañana de domingo y todo lo que haga falta.

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Felicidades, Salamanca.

De vacaciones sin Internet

Este año decidí que mis vacaciones estarían libres de Whatsapp, Facebook y Twitter. Libres de conexión y de Internet. A cambio, un destino paradisíaco, la isla de Madeira, y una compañía preciosa.

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Ya estoy de vuelta y solo puedo recomendaros muy mucho la experiencia. No solo la de visitar la isla, un lugar mágico con miles de posibilidades para explorar la naturaleza, la montaña, el mar y disfrutar de todo lo que te ofrece. También la experiencia de desconectar, de vez en cuando. De mirarse a los ojos al cenar sin el móvil sobre la mesa. Charlar de mil cosas en el coche. Hacer fotos para ti. Para verlas. Una y otra vez. Y luego ya decides si las quieres compartir. Mas adelante.

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La vida tiene muchos puntos curiosos si nos paramos a disfrutarlos. Infinidad de sorpresas que necesitan tiempo y atención para ser descubiertas. La gente es el mejor Google que existe; los ojos, la cámara más perfecta; perderse es el mejor mapa; hablar y hablar y hablar, la red social más completa.

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Parece difícil, en el mundo en el que vivimos en el que todo va tan rápido que nos da la impresión de que estar desconectado es perderse algo. Pero da igual que lo sepas o no, estés dónde estés recuerda que el mundo sigue girando. El paisaje y la conversación en tus oídos te recordarán con más intensidad que ningún dispositivo que estás vivo. VIVO.

Vivos.