17 de Daniel Sánchez Arévalo

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17 es una de esas películas sencillas que te lleva el alma de paseo para permitirte por unos minutos, sentirte en la piel de otros, confundir las ironías de la vida con tonterías, montar en una autocaravana sin destino claro, solo con la intención de disfrutar intensamente del paseo.

Héctor el protagonista tiene problemas para relacionarse socialmente y todo se complica cuando es internado en un centro de menores y pierde por completo las referencias. Allí entra en ua terapia especial con perros y cuando la arrebatan al que él ya sentía suyo, decid escapar e ir a recuperarlo, con la ayuda de un hermano huidizo con poco corazón, un perro de tres patas y una abuela moribunda que repite un mantra tranquilizador como si fuera el leit motiv de la película. Parapalo.

17 es una road movie loca por la costa de Cantabria pero a la vez es la soberbia interpretación de dos actores que se convierten en hermanos delante de nuestros ojos. Uno con Síndrome de Asperger y otro con incapacidad para comunicar sus verdaderos sentimientos, pero juntos van encontrando una manera diferente de comunicarse, sin ironías ni mentiras: el afecto.

17 es una película llena de mensajes esperanzadores (la adopción de Oveja, el amor infinito por la abuela, por la tierra) y de verdad, que a veces se echa de menos a través de la pantalla. Y a pesar de haber sido rodada en Cantabria en pleno otoño, o de que sus protagonistas se pasan gran parte del viaje “aprendiendo a perder” es por encima de todo una película luminosa.

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Unamuniana

Ayer fui a ver la película “Mientras dure la guerra” de Alejandro Amenábar y me encantó. Me parece un título maravillosamente escogido para un pedacito de la Historia de España que viene a hablar de lo mismo que se habla siempre: medias verdades, fuerza contra inteligencia, la siempre presente picaresca, el posicionamiento obligatorio (o estás conmigo o contra mi). Yo políticamente me declaro UNAMUNIANA.

No solo porque admire a Don Miguel profundamente como autor sino por su defensa del diálogo y por su ejemplo – para algunos malinterpretado- de que en esta vida por encima de todo tenemos la capacidad de equivocarnos y de cambiar de opinión. Que no tenemos que ser siempre valientes aunque nos llamen cobardes. Y que siempre siempre podemos hablarlo.

Aunque el debate se haya centrado en la veracidad de las palabras pronunciadas durante el discurso del “Día de la Raza” o Día de la Hispanidad, en su sonado enfrentamiento con Millán Astray, la película va mucho más allá. Y dura mucho más de lo que duró la guerra. Muchísimo más. Hasta hoy mismo.

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No estuvimos ahí, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, ninguno de los que podemos disfrutar ahora de la recreación cinematográfica de Amenábar. Pero por las mismas calles por las que paseaba Unamuno, cabizcajo, ya mayor y apoyándose en su bastón mientras cavilaba, por esas mismas calles más de ochenta años después sigue levantando ampollas hablar del conflicto de vascos o catalanes, y la bandera sigue siendo un símbolo malinterpretado por unos y otros bandos y si, siguen existiendo bandos, y la posibilidad de que alguien se alce algún día con unos colores determinados de la mano y pegue cuatro voces para ser coreado, aun en medio de una sala de cine, existe. De hecho, ya ha pasado.

Es una película que debe verse con la amplitud de miras que nos da el sentirnos parte de un cambio, de una sociedad que crece y mira atrás para seguir escribiendo la Historia sin olvidarse de los errores que se cometieron. No para perpetuarlos.

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Como “dijo” Don Miguel de Unamuno, “…convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho”. 

EL PASTOR

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Y lo pongo así, en mayúsculas, porque ayer el cine estaba lleno, Miguelón en su papel estuvo inmenso y los cielos de la Armuña no pueden representar mejor la inmensidad.

Tenía muchas ganas de acudir al estreno de esta película rodada en La Armuña -que me ve pasear todos los días y que me regala las estampas más claras, sencillas e intensas que llevo en la retina-. Ayer me emocioné con las palabras de Jonathan Cenzual, el director, que afirmaba “la belleza que tiene la zona radica precisamente en el hecho de que no haya nada. Pero no solo impacta cinematográficamente , sino emocionalmente. Nunca me aburro de esa inmensidad que tiene, y eso lo hay en pocos sitios. No hay ningún sitio de presión por una montaña o por un valle. El horizonte es infinito. A la gente no le parece tan bonito porque la idea de belleza se ha ligado a veces con el paisaje bucólico de La Toscana italiana o de una playa. Esos cielos e inmensidad que ves en La Armuña no los ves en ningún otro sitio.” 

Precisamente es esa NADA que menciona la que me unía a la historia irremediablemente Ese sentimiento de estar en un lugar que no tiene nada pero es inmenso a la vez. Ese contraste entre lo que creemos que es grande y no lo es, y lo pequeño que parece algo que, en realidad, es inmenso.

“El pastor” comienza con unos minutos increíblemente buenos dedicados a la vida de Anselmo, dedicado por completo al cuidado de las ovejas, acompañado por su perro y por algunos libros que descansan en su mesilla y ya nos van rompiendo tópicos. La película se abre como se abre el cielo que acompaña estos planos, y va lenta como un día en un campo armuñés, como las propias ovejas, que no tienen nada más que hacer que seguir el camino marcado.

La vida de Anselmo tendría sentido en un mundo sin prisas ni plásticos ni embargos, pero bien sabemos que ese mundo ya no existe, y cuando la realidad comienza a llamar a su puerta, sus cielos también comienzan a ser más pequeños y más cortos sus paseos. La vida de Anselmo estaba bien para Anselmo, pero nadie permite ya que cada uno haga lo que quiera. Ni mucho menos. No somos Anselmos. Somos ovejas.

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La trama aumenta la tensión y la metáfora, a veces demasiado evidente, va cobrando forma con cada diálogo, con cada enfrentamiento que se va llevando la templanza de un pastor que lee a los clásicos, bebe mucho vino y lava su ropa con extremo cuidado. De toda la película sin dudarlo me quedo con Anselmo, y con todos los Anselmos del mundo, que ven un poco más allá del dinero y de los tiempos que nos ha tocado vivir, donde el horizonte más que disfrutarse se fotografía, y se olvida uno de mirar y de fijarse, pendiente siempre de la prisa, de ir más allá sin saber ni dónde queda eso.

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¿El final? Abrupto. Duro. Seco. Pero también es seca La Armuña y duros sus inviernos.

 

Déjame salir

Hoy os recomiendo una película increíble para reconciliarse con el cine y pagar 7 euros sin cargo de conciencia ni miedo de estar tirándolos a la basura porque vas a ver algo que ya te han contado antes de otra forma diferente. Para nada.

Se llama “Déjame salir” y cuenta la historia de una pareja que se acerca un fin de semana a conocer a los padres de ella. A partir de ahí empiezan a entrar en juego otros factores: por ejemplo, que ella es blanca y él es negro. Que viven en una zona tranquila pero clasista. Y que tienen unos sirvientes que se comportan de una forma terriblemente extraña. A partir de aquí todo lo que os pueda contar se carga el sentido de la película.

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Porque es necesario que la veáis dudando si habla de cine social, si es un thriller, una americanada, ciencia ficción o un drama. Tenéis que empaparos con las miradas que intercambian – qué importantes son las miradas- y seguirlas y sentirlas para ir descifrando todos y cada uno de sus curiosos enigmas.

De verdad, no dejéis de verla.

La chica del tren

Cuando terminé de leer el libro tuve la certera sensación de que sería una gran película. Y no me equivoqué. Hay historias, como “La chica del tren”, en las que la construcción del relato, el potencial del juego con los tiempos y con lo que pasa realmente sumado a la percepción subjetiva de los personajes, te envuelven en una atmósfera tan cinematográfica que mientras pasas páginas tienes la sensación de estar comiendo palomitas frente a una gran pantalla. Curiosa emoción que solo despiertan algunos libros.

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Os recomiendo que experimentéis este interesante proceso. No lo hagáis fácil, no vayáis al cine porque s lo digan las marquesinas de los autobuses o los anuncios de la tele. No. Primero buscar un asiento cómodo y comenzar a leer. Ponerle imágenes mentales a Raquel y sus terribles borracheras que la hacen dudar de sus propios recuerdos. Imaginaos a Anna, Megan y sus parejas, poneos en la piel de cada una de ellas. Y cuando lleguéis a la última página, entonces si, entonces dejad que vuestra curiosidad os lleve a la gran pantalla.

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Anomalisa

Cuando estoy en casa – raro- y me apetece ver una película casi siempre paso un rato largo intentando localizar una portada que me cuente algo, un título que me llame la atención y despierte mi curiosidad.

Hoy la elegida ha sido Anomalisa, de Charlie Kaufman. La primera escena ya me ha sorprendido gratamente, porque es una película de animación. Pero en contra del tono infantil y ligero que adquieren algunos títulos animados, Anomalisa es lenta y mas bien oscura. Yo os recomendaría encarecidamente que la vieseis en versión original, porque la voz tiene un papel importantísima en la historia.

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Anomalisa está protagonizada por un auténtico gurú de la comunicación que se dedica a dar charlas motivacionales para los trabajadores de las secciones de Atención al Cliente. El problema es que al bajarse del estrado se convierte en un hombre monótono, gris, al que todo lo que le rodea le parece igual y no lo motiva en absoluto. Vaya redundancia… Ni su familia, ni su entorno, ni nada consigue sacar de su letargo a este personaje aparentemente sin identidad, hastiado y algo insufrible. Hasta que se cruza en su camino Lisa, y el simple detalle de descubrir en ella un tono de voz distinto, despierta algo en él que le hace recobrar la esperanza. ¿Será suficiente Lisa? ¿O será solo una anomalía en su rutina?

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Me he encantado la película porque habla de tantas cosas sin nombrarlas… Habla de un mundo superfluo y poco motivado en el que nos hemos convertido casi en marionetas, seres anodinos sin nada que contar. O a lo mejor habla de seres anodinos en un mundo cambiante y activo que ya no quieren cooperar al cambio. O a la mejor habla de un mundo sin identidad con montones de personas que quieren cambiarlo pero no saben ni por dónde empezar.

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Os animo a convertiros por un rato en anomalías también, digo, en Anomalisa.