Los cuatro elementos

Agua, Fuego, Tierra y Aire son los 4 Elementos  de la Naturaleza y se pueden definir como las energías arquetípicas que tienen su efecto en nuestro ser, nuestra conciencia y forma de entender el mundo.

DCoo_PlXUAAi_u3

Si eliminas el fuego, que se ha cobrado cruelmente este fin de semana mas de sesenta vidas en una tranquila zona del centro de Portugal, y lo sustituyes por las personas que luchan contra él, por los que pedimos al agua, la tierra y el aire que colaboren para que nada de esto pase mas, entonces quizás podamos convivir en paz con los elementos y recibir de ellos lo mismo que debemos entregarles: cuidado y respeto.

Força, Portugal.

Anuncios

Dientes de León

Amig@s, a partir de ahora podéis encontrarme también en Portalvillamayor, donde compartiré reseñas de libros curiosos para todo tipo de lectores. Además, si os gustan podéis llevarlos en préstamo en la Biblioteca Pública Villamayor.

_visd_0000JPG01SKF (1).jpgDientes de león

Kim Jang-sung

Il.Oh Hyong-kyong .

Ed. Tramuntana

Hoy os recomiendo “Dientes de león”, un álbum ilustrado de Editorial Tramuntana que habla sobre esta planta común. Seguro que todos vosotros habéis visto alguna vez un diente de león. Son hierbas salvajes, estacionarias, de aspecto anodino aunque si las arrancas y soplas sus delicados pelos plumosos, además de ayudar a la planta a esparcir sus semillas, según la tradición popular te ayudan a cumplir un deseo. El diente de león se abre por la mañana y se cierra por la noche, como por arte de magia y esconde, detrás de su aspecto común, una cantidad impresionante de beneficios médicos.

CyhavVOXUAI23rC (2).jpg

Algo así les pasa a los libros. Pasan tranquilos sus noches en las estanterías de librerías, hogares o bibliotecas. Y por las mañanas esperan ansiosos a lectores que los descubran y busquen su magia, que soplen sobre ellos para esparcir sus semillas y que sus historias lleguen lejos, tan lejos como permita la imaginación del que al abrirlos, está esperando ver cumplido un deseo.

Sigue leyendo en PortalVillamayor

Capítulo VIII

1

Bambi

Félix Salten

Las hojas empezaron a caer del roble grande situado al borde del prado, y también de todos los otros árboles. Una rama del roble se elevaba muy por encima de las  otras, extendiéndose hacia el lado de la pradera. Dos hojas pendían aún del extremo de esa rama.

—Ya nada es como fue hasta hace poco —dijo una hoja a la otra.

—No —contestó ésta—. Muchas de nosotras han caído esta noche; tú y yo somos casi las únicas que quedamos en esta rama.

—Una nunca sabe a quién le tocará caer antes —dijo la primera hoja—. Aun cuando hacía calor y brillaba el sol, una tormenta o un simple chaparrón bastó para que muchas de nosotras cayesen, a pesar de que todavía eran jóvenes. ¡Ah! Una nunca sabe cuándo le tocará caer…

—El sol ahora brilla raras veces —dijo la segunda hoja con un suspiro—. Y las pocas veces que sale no calienta. Hace falta que vuelva el calor.

—¿Será cierto —dijo la primera hoja—, será cierto que cuando nosotras nos hayamos ido vendrán otras hojas a ocupar nuestro lugar, y después de ésas, otras, y así sucesiva e indefinidamente, unas hojas irán reemplazando a otras?

—Sí, eso es cierto —murmuró la segunda hoja—. Eso es algo que nosotras no podemos siquiera imaginarlo. Está fuera del alcance de nuestra comprensión.

—El saberlo me entristece mucho —agregó la primera hoja.

Las dos permanecieron calladas un momento. Después la primera hoja se dijo en voz baja:

—¿Por qué debemos caer?…

La segunda hoja preguntó:

—¿Qué es de nosotras una vez que hemos caído?

—Nos enterramos…

—¿Qué hay debajo de nosotras?

La primera hoja contestó:

—No lo sé; algunos dicen una cosa, otros, otra. Pero nadie sabe nada, en realidad.

La segunda hoja preguntó:

—¿Sentimos algo, nos enteramos de lo que es de nosotras cuando estamos allí abajo?

La primera hoja repuso:

—¿Quién lo sabe? Ninguna de las hojas que han caído regresó jamás para decírnoslo.

Nuevamente volvieron a sumirse en el silencio. Después, la primera hoja dijo con ternura a la segunda:

—No te preocupes por eso; estás temblando.

—Sí, es verdad —replicó la segunda hoja—; estoy temblando. Pero esto no es nada; ahora tiemblo por la menor cosa. Ya no me siento tan firmemente prendida a la rama como antes.

—No hablemos más de estas cosas —sugirió la primera hoja.

La otra replicó:

—No; dejemos que sea lo que el destino quiera. Pero… ¿de qué otra cosa podemos hablar?

Permaneció callada un instante, y luego añadió:

—¿Cuál de las dos se irá primero?

—Todavía tenemos tiempo de sobra para pensar en eso —le aseguró su compañera—.  Ahora recordemos solamente cuan hermoso era, cuan maravilloso, cuando el sol salía y brillaba con tanto calor que creíamos estallar de vida. ¿Te acuerdas? Evoquemos el rocío de la mañana, las noches plácidas, espléndidas…

—Ahora las noches son tristes —se quejó la segunda hoja—; tristes e interminables.

—No deberíamos quejarnos —dijo dulcemente la primera hoja—. Piensa que hemos sobrevivido a tantas y tantas de nuestras hermanas.

—¿He cambiado mucho? —preguntó tímida pero resueltamente la segunda hoja.

—En absoluto —le aseguró la primera—. Tú sólo piensas que has cambiado, al ver que yo me he puesto tan amarilla y fea. Pero en tu caso no ha ocurrido así.

—Me estás engañando —dijo la segunda hoja.

—No, créeme —exclamó enfáticamente la primera—. Créeme; estás tan bonita como el día en que naciste. Es verdad que se te ve una que otra manchita amarilla aquí y allá, pero apenas se notan; y, por otra parte, esas manchitas no hacen sino aumentar tu hermosura: te lo digo de veras.

—Gracias —murmuró la segunda hoja, muy emocionada—. No te creo, no te creo en absoluto; pero lo mismo te quedo agradecida, porque eres muy buena; siempre lo has sido para conmigo. Creo que es ahora cuando empiezo a darme realmente cuenta de lo bondadosa que eres.

—Cállate —dijo la otra hoja; y se calló ella, porque se sentía demasiado emocionada para poder decir algo más.

Las dos permanecieron silenciosas. Pasaron horas. Después, un viento húmedo sopló, frío y hostil, a través de las copas de los árboles.

—Ah, ahora —dijo la segunda hoja—; yo…

Y su voz se quebró. Arrancada de la rama, cayó dando vueltas. Había llegado el invierno.

Un tirachinas es lo que hace falta

Esta fiebre de Pokemon Go me tiene alucinada. Hace unos días, de vacaciones en las rías Baixas tomábamos un vinito en una terraza y escuchamos cómo la familia de la mesa de al lado- padres, hijos y abuelos- se levantaba precipitadamente en busca de una pokeparada.

Pero estamos locos o qué.

A los niños de ahora les hace falta un tirachinas y mucha calle. Y no pokemons, sino pardales. Generaciones enteras han crecido buscando piedras, agudizando la vista y molestando- un poquito- a gatos, perros o pájaros sin que llegara la sangre al río. No necesitaban ver la vida a través de una pantalla con realidad aumentada porque la realidad que tenían enfrente ya era suficiente. Ahora no la ven.

2016-08-02 12.13.55_resized

Antes salíamos de casa con la batería a tope y no volvíamos hasta la hora de cenar, agotados de la bici, los árboles, las guaridas, las “pequeñas trastadas”. Llegábamos reventados y la cama era el mejor cargador, para levantarse al día siguiente repletos de energía. Ahora se enganchan al enchufe mas cercano para poder salir con la “batería” bien cargada y cuidado… que como se apague, hay que volver a enchufarse.

2016-08-02 12.19.12_resized

Los necesitamos desenchufados. Libres de industrias que ven el potencial de una sociedad aburrida y apantallada y abusan del tiempo del verano. El tiempo del verano es nuestro. Es de las ramas que tienen forma de triángulos y permiten hacer tirachinas enormes que molestan a los pájaros cuyos nombres aún sabemos pronunciar. Y si se acaban las piedras, te agachas y punto.

Una pokeparada… por el amor de Dios. Si levanta la cabeza mi abuelo los pone a cambiar tubos y a recoger alpacas a mano, ya verás tú qué ganas de pikachu les quedan.

P.D. Espero que mis palabras no hayan ofendido a los animalistas, pero es que vivimos entre tanta tontería que ya no sé si vivimos de verdad…

Ruta de los Molinos en San Martín del Castañar

Ayer decidimos curiosear la provincia y disfrutar del VERANO en mayúsculas o sea, del sol, la naturaleza, el aire puro, la falta de horarios… Por eso cogimos el coche y nos fuimos hasta San martín del Castañar, un pequeño pero precioso pueblo de la sierra en el que, según había leído hace unos días, habían estrenado una nueva ruta de senderismo de dificultad baja pero con detalles para entretenerse en el camino, como a mi me gustan.

Asi que después de una agradable comida en el chiringuito de la piscina natural del pueblo, y de un intento de siesta aderezado con las hormonas de los adolescentes en pleno auge veraniego, nos pusimos las zapatillas y comenzamos el sendero que indicaba la “Ruta de los Molinos”. Bueno, en realidad empezamos desde el final de la ruta, lo que nos trajo algún que otro quebradero de cabeza, pero nada que no se solucione caminando y poniéndole imaginación al asunto. Eso si, lo voy a contar al revés, como lo hicimos.

El recorrido termina con una senda a pleno sol que conduce a un caminito bordeado de árboles. Al kilómetro se llena de sombras comienza a descender hasta llegar casi paralelo al Río Francia. en el primer claro que aparece se divisa el Campanario de los Infiernos, una construcción de piedra que se asemeja a un campanario pero es de difícil acceso y resistencia, asi que está bien así, con distancia 🙂

13775744_10153975324436137_1658452285547128083_n

Después la ruta te invita a escoger entre cuatro alternativas señalizadas con unas flechas tan recargadas que no sabes si vas para abajo, para arriba o te despeñas. Asi que nosotros escogimos la tercera opción, y muertos de calor con ganas de acceder al precioso río que teníamos a nuestros pies, pues prácticamente nos dejamos caer. Y disfrutamos de un baño delicioso que en Las Batuecas habríamos tenido que compartir con otros trescientos turistas y aqui, mira por donde, estábamos solos.

Después del agradable chapuzón nos encaminamos a “seguir” la Ruta de los Molinos. Volvimos a la senda haciendo un poquito de escalada y el trayecto ya transcurrió con total normalidad. Está plagado de indicadores que te invitan a visitar antiguos molinos de piedra de la zona, o asomarte a algún mirador con unas vistas preciosas.

13620904_10153975324621137_7729862872939458909_n

Al terminar la ruta, o para el resto de los mortales al empezarla, hay un acceso directo a una zona de baño con pozas, ideal para los que no adoran el riesgo y se adaptan mejor a las normas. Y después de otro kilómetro, se llega de regreso al pueblo, a disfrutar de la vida de sus calles a última hora de la tarde.

Una ruta muy recomendables para estos días de verano que permite conectar con la naturaleza, disfrutar del paisaje, hacer deporte y conocer nuevos e interesantes parajes.