Las cartas del topo

“¡Cartas! ¡Yo! ¡Yo nunca recibo cartas!”- pensó el topo.- Nunca. Invadido por un sentimiento de injusticia se puso a abrir una galería subterránea en la tierra oscura.

“Ni un triste saludo- pensó. NI una invitación a excavar bajo el desierto. O bajo el hielo. Nada.” Golpeó la tierra de rabia. Pero no hubo respuesta.

“Solo hay una persona que quiera escribirme- pensó- y ese soy yo mismo.” Y así, en la oscuridad profunda de la tierra, se escribió a si mismo una carta tras otra.

Apreciado topo: Muchos abrazos. El topo. 

o:

Apreciado topo: Te echo de menos. El topo. 

Cuando acababa de escribir cada carta la escondía en el barro, se la encontraba más tarde, como por casualidad, y la leía. A veces se le saltaban las lágrimas.

“Muchas gracias, topo”- pensaba entonces. O: “A tí también te echo de menos, topo”. Y hasta: “Siempre serás bienvenido, topo. Siempre, siempre.”

A  veces daba fiestas para los remitentes de todas las cartas. Entonces corría de un lado a otro por sus galerías y madrigueras más oscuras. Y también bailaba.

“Pero feliz, lo que se dice feliz- pensaba mientras bailaba consigo mismo,- no sé si lo soy”.

Al final de una de esas fiestas se sentó en un rincón y se escribió una carta a si mismo que decía:

Tienes que irte de viaje, topo.

Asintió con la cabeza y se fue de viaje. Hacia arriba: en dirección al aire misterioso. Contuvo la respiración al ver los primeros rayos de luz que traspasaban la tierra y prosiguió la lenta ascensión.

Aquella noche hizo una visita inesperada a la ardilla.  Tomaron un té negro y el topo le habló de sus fiestas en la profundidad de la tierra. Grandes, oscuras fiestas, sin un rayito de luz. la ardilla meneaba la cabeza asombrada. El topo removía el té en la taza y rogaba por que el tiempo se detuviera de una vez para siempre.

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Cartas para todos. Toon Tellegen/ Jessica Alhberg.

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números que hay que recordar

el pin de la tarjeta de crédito y el del móvil (a ser posible que no sean los mismos); el pin de las otras tres o cuatro tarjetas; el puk del móvil para esas veces por la noche que no atinas con el pin; tu número de teléfono y el número de alguien muy cercano para cuando, por causas de la vida, tengas que acabar tirando de cabina; la cifra que completa tus contraseñas de “alta” seguridad; la matrícula de tu coche; el número del modelo de tu impresora para poder comprar cartuchos de recarga; el día del cumpleaños de la gente a la que quieres; la página por la que has parado tu lectura;el número de veces que dices si, cuando quieres decir que no; el número de veces que quieres decir no, y dices si.

el rito de los indios Cherokee

Cuando el niño empieza su adolescencia, su padre lo lleva al bosque, le venda los ojos y se va dejándolo solo. Él tiene la obligación de sentarse en un tronco toda la noche y no puede quitarse la venda hasta que los rayos del sol brillan de nuevo en la mañana. Él no puede pedir auxilio a nadie. Una vez que sobrevive esa noche, él ya es un hombre. Él no puede hablar con los otros muchachos acerca de esta experiencia, debido a que cada chico debe entrar en la masculinidad por su cuenta. El niño está naturalmente aterrorizado. Él puede oír toda clase de ruidos… Bestias salvajes que rondan a su alrededor, lobos que aúllan, quizás algún humano que puede hacerle daño. Escucha el viento soplar y la hierba crujir, sentado estoicamente en el tronco, sin quitarse la venda. Ya que es la única manera en que puede llegar a ser un hombre. Por último, después de esa horrible noche, aparece el sol y el niño se quita la venda… es entonces cuando descubre a su padre sentado junto a él. Su padre no se ha ido, ha velado toda la noche en silencio, sentado en un tronco para proteger a su hijo del peligro sin que él se de cuenta.
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De la misma forma, nosotros nunca estamos solos. 

el fútbol es así

Había una vez un equipo de fútbol que había ganado todas las copas del mundo mundial: La Champions League, Copa Libertadores, la UEFA, la Liga Española, Premier League, Bundesliga, Serie-A, Eridivise Holandesa, Ligue 1, la Copa del Rey y la Supercopa de Europa (que enfrenta al ganador de la Copa de la UEFA y el ganador de la Champions League).
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El presidente ya tenía muchos años pero le gustaba mucho ver la vida desde su palco. El entrenador, en cambio, cosechaba una victoria tras otra, y orgulloso corría la banda durante los partidos aleccionando e insultando, a partes iguales, a sus jugadores. su sistema funcionaba. las victorias siempre llegaban. con el tiempo, los trofeos dejaron de caber en las vitrinas así que el entrenador comenzó a llevárselas a su casa. a nadie le extrañó. las victorias siempre llegaban. y después, con la crisis, la gente de ir al estadio a ver los partidos, porque les resultaba caro y monótono, el mismo sistema de juego, las mismas jugadas, el gol y a casa. las victorias siempre siempre siempre llegaban.

un día especialmente victorioso (12-1) el presidente se dio cuenta de que no había nadie viendo el partido en la grada. miró a su izquierda. nada. a su derecha. nada. tan solo tres amigos en su palco, el recoge pelotas, los dos polícias nacionales y la madre del árbitro. se indignó tantísimo que decidió convocar una reunión con el entrenador. quería verlo al finalizar el encuentro pero se fumó una faria, luego tuvo que tomarse un sol y sombra con sus amigos y cuando quiso darse cuenta ya era tarde. aún así, se acercó hasta la casa de su entrenador, porque podía permitirse el lujo de visitarle cuando quisiera, con lo que le pagaba.

cuando llegó allí le deslumbró el brillo que escapaba por las ventanas de la casa. al entrar, descubrió que el entrenador no tenía ni mesas ni sillas, solo copas. en el comedor, cuatro trofeos alrededor de una copa inmensa; libros que se escapaban de otras copas. no había sofas ni aparadores ni fregadero. lavaba la ropa en una copa. fregaba en otra. al presidente le habría extrañado todo esto, si se hubiera fijado, pero entró gritando y ni miraba. “no había naaaaaaadie hoy en el partido, heeeeeeeeeemos ganado para nada, me quieres explicar quéééééé´pasa”. el entrenador escuchó la reprimenda tranquilamente, se sentó en la copa de la bundesliga y comenzó a hablar.

“señor presidente, hay que cambiar. los tiempos cambian, el fútbol también. atrévase a imaginar. yo tengo una propuesta que seguro le va a gustar” (el entrenador hablaba en verso cuando quería camelar a alguien, porque sonaba más musical, y al presidente le encantaba). “no necesitaremos once jugadores nunca más. ponga a siete. correrán más. tendrán que luchar para coger la bola y para chutar. la gente vendrá al partido solo por curiosidad. arriesguémonos, señor presidente. le encantará”

y así fue. quedaron siete jugadores en el equipo titular, y un banquillo vacio. fue una derrota espantosísima, los siete echaron los higadillos por la boca. el entrenador corrió la banda como nunca, insultó y aleccionó… durante los diez primeros minutos. luego se fue a descansar. al fin  y al cabo, el público rugía enloquecido, contentó de ver sufrir a un equipo que días atrás parecía invencible. el estadio estaba lleno.  las farias se movían en el palco a dos manos. un exitazo.

pero duró lo que dura un paquete de tabaco. la gente se cansó enseguida. la gente se cansa de todo, está claro. cayó otro jugador más, en un intento de sorprender al público. luego otro. otro murió de agotamiento en una prórroga. la gente ya no iba a los partidos, se suponía que el fútbol era un deporte sencillo y divertido que les permitía soltar adrenalina los domingos, comer pipas como los hámsters y emocionarse en los partidos igualados. nada de eso había vuelto a pasar. ir al fútbol se había convertido en unos juegos del hambre sin igual.

un día, el entrenador llegó al partido y descubrió que estaba solo. enfrente, el equipo contrario. en el medio, el árbitro. en el palco, el presidente. y nadie más. ni un solo jugador (los había despedido a todos). ni siquiera la madre del árbitro.

¿te crees que le preocupó? ni un átomo. preguntó que quién sacaba y se lanzó al campo. metió treinta y dos goles, nadie sabe cómo ni siquiera cuándo. el entrenador no era de este mundo. antes de marcar el último gol, se arrancó la máscara que ocultaba su rostro. era messi. al presidente, de la sorpresa, le dio un infarto. todo el mundo sabe que messi juega muy bien al fútbol pero no es muy listo.

aunque en esta historia quién es el tonto. ..no queda muy claro

el origen de “EL APAGÓN”

From: …
To: opiniones@lagacetadesalamanca.com
Subject: Cartas al director
Date: Mon, 6 Jul 2009 22:17:17 +0000

Querida Iberdrola:

me pongo en contacto contigo porque ayer tuvimos un pequeño problemilla, mis vecinos y yo. En el periódico lo han querido suavizar, mencionando un ligero apagón en la zona de Carmelitas durante “una hora, hora y media” pero tú y yo, y todos mis vecinos sabemos que no es cierto. Que la aguja grande del reloj pasó hasta seis veces por las doce antes de que te decidieras a volver a nuestras vidas.

No puedes marcharte así sin más, ya lo sabes. Los apagones sorprenden a la gente sentada frente al televisor, consultando internet, cocinando en la vitro, planchando una camisa o escuchando en la radio. Y de repente, plof, se acabó. Ya no hay nada. Sólo la oscuridad, y el silencio.

Al principio todos reaccionamos igual: nos echamos a la terraza o a la calle, en su defecto. Buscamos el contacto con alguien que esté igual que nosotros. Repetimos incansablemente “pues se ha ido la luz”. “si, no sé por qué habrá sido” “a ver cuánto tarda en volver”. Buscamos en el bloque de enfrente o en el de al lado, nos da igual, un poquito de compañía. Porque lo que más miedo nos da de los apagones es la soledad. Y el silencio.

Cuando finalmente tenemos que volver dentro, al agujero oscuro en el que se ha convertido nuestro acogedor hogar, nos damos cuenta, otra vez, de lo frágiles que somos sin enchufes ni pilas, del ruido escandaloso que proviene del tic-tac del comedor. Otra vez la aguja ha pasado por las doce. Y me da la impresión de que no tengo nada, absolutamente nada que hacer.

Hasta que recuerdo las velas que guardaba en el armario de la cocina. Busco con ansia un mechero que sé que tiene que estar guardado en algún cajón y, cuando consigo que una tímida señal de luz vuelva a la casa, cojo mi libro. No necesita baterías ni pilas de litio. Mi libro no me ha dejado tirada, como la vitrocerámica o el portatil. Sigue aquí. Y con él, se me olvida el apagón, la soledad y el silencio.
Y me sorprendo a mi misma, unas horas después, descubriendo que has vuelto.

Mis más cordiales saludos, Iberdrola, como adelanto previo a mi próxima reclamación.

R.M.G.

la foto

(han pasado más de tres años y no me rindo, no)

el elefante encadenado

Cuenta Jorge Bucay una historia sobre un elefante encadenado…

“Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

El misterio sigue pareciéndome evidente. ¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?». No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez. Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él. Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza…”

…tengo que contarle a Jorge que lo he encontrado, que dejó demasiado pronto su relato. es libre: ya no se siente más encadenado. 

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