Día del Almendro 2017

Hoy se celebraba en el pueblo de La Fregeneda de Salamanca el Día del Almendro y, aunque todos los hombres del tiempo vaticinaban lluvia, nubes y tonos grises., Andrés y yo nos pusimos en cambio porque es una pena dejar que la meteorología o Roberto Brasero te estropeen un domingo.

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De hecho, al llegar allí descubrimos cómo el sol brillaba tímidamente y los almendros adornaban todos los alrededores de La Fregeneda, con tonos blancos y rosas, anticipando con sus brillos la primavera. Después, en cinco minutos recorrimos el pueblo y en media hora los cuatro bares que tiene, al ritmo del Paquito Chocolatero que nos regalaba la charanga y de los cánticos reivindicativos del gracioso a la par que borrachín del pueblo, quien cantaba fandangos aderezados con algún “la culpa de todo la tiene Rajoy” y “el que lo consiente, que es Felipe VI”.

Ha sido un día bonito pero mañana también lo puedo ser. Tenemos tanta manía de ponerle nombres a todo, en los tiempos que corren, que alguno se pensará que a ver almendros a La Fregeneda solo se puede ir el Día del Almendro, y es mentira. Mañana estarán allí, mas bonitos si cabe, y pasado y la semana que viene. Mañana no irá verlos nadie con traje, eso es cierto, pero el día que quieras, puedes ir tú. Allí te esperan 🙂

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Harto le cuesta al almendro

hacer primavera del invierno

Ruta de los Molinos en San Martín del Castañar

Ayer decidimos curiosear la provincia y disfrutar del VERANO en mayúsculas o sea, del sol, la naturaleza, el aire puro, la falta de horarios… Por eso cogimos el coche y nos fuimos hasta San martín del Castañar, un pequeño pero precioso pueblo de la sierra en el que, según había leído hace unos días, habían estrenado una nueva ruta de senderismo de dificultad baja pero con detalles para entretenerse en el camino, como a mi me gustan.

Asi que después de una agradable comida en el chiringuito de la piscina natural del pueblo, y de un intento de siesta aderezado con las hormonas de los adolescentes en pleno auge veraniego, nos pusimos las zapatillas y comenzamos el sendero que indicaba la “Ruta de los Molinos”. Bueno, en realidad empezamos desde el final de la ruta, lo que nos trajo algún que otro quebradero de cabeza, pero nada que no se solucione caminando y poniéndole imaginación al asunto. Eso si, lo voy a contar al revés, como lo hicimos.

El recorrido termina con una senda a pleno sol que conduce a un caminito bordeado de árboles. Al kilómetro se llena de sombras comienza a descender hasta llegar casi paralelo al Río Francia. en el primer claro que aparece se divisa el Campanario de los Infiernos, una construcción de piedra que se asemeja a un campanario pero es de difícil acceso y resistencia, asi que está bien así, con distancia 🙂

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Después la ruta te invita a escoger entre cuatro alternativas señalizadas con unas flechas tan recargadas que no sabes si vas para abajo, para arriba o te despeñas. Asi que nosotros escogimos la tercera opción, y muertos de calor con ganas de acceder al precioso río que teníamos a nuestros pies, pues prácticamente nos dejamos caer. Y disfrutamos de un baño delicioso que en Las Batuecas habríamos tenido que compartir con otros trescientos turistas y aqui, mira por donde, estábamos solos.

Después del agradable chapuzón nos encaminamos a “seguir” la Ruta de los Molinos. Volvimos a la senda haciendo un poquito de escalada y el trayecto ya transcurrió con total normalidad. Está plagado de indicadores que te invitan a visitar antiguos molinos de piedra de la zona, o asomarte a algún mirador con unas vistas preciosas.

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Al terminar la ruta, o para el resto de los mortales al empezarla, hay un acceso directo a una zona de baño con pozas, ideal para los que no adoran el riesgo y se adaptan mejor a las normas. Y después de otro kilómetro, se llega de regreso al pueblo, a disfrutar de la vida de sus calles a última hora de la tarde.

Una ruta muy recomendables para estos días de verano que permite conectar con la naturaleza, disfrutar del paisaje, hacer deporte y conocer nuevos e interesantes parajes.