Un punto curioso

Yo siempre he tenido un punto curioso. De hecho, los que pasáis por aquí habitualmente sabréis que cuando alguien me pide que me defina con tres palabras siempre digo: soy observadora, curiosa y concienzuda. Actualmente, tengo que añadir otra más: soy emprendedora. Porque después de observar, de curiosear y de pensar, hay que actuar.

Y tanto yo como Soraya como Itziar, otras dos emprendedoras, decidimos que para cambiar las cosas hay que moverse. Nadie sabe cuál es la dirección correcta; no te aseguran en ningún sitio el éxito ni te pueden garantizar lo que la gente con tan buena fe te desea: la suerte. No. Solo te queda la seguridad de que la única opción que no contemplas es quedarte parado, y que si no estás parado, estás trabajando en algo. La suerte no existe, decía un hombre muy sabio, la suerte solo es trabajo, trabajo y más trabajo.

Nosotras vamos a seguir trabajando por la lectura pero también innovaremos, como hemos querido hacer siempre aunque la jerarquía no nos dejaba. Y descubriremos, con todos los que lo quieran descubrir con nosotros, qué tal se llevan el arte y la literatura, dónde está la relación entre el papel y la narración, cómo se utilizan las viejas tecnologías o qué secretos esconden los cuentos en inglés.

Queremos apostar por la cultura. Y además queremos hacerlo desde aquí, desde Salamanca, porque aún creemos en la piedra de Villamayor, en el potencial de una ciudad cultural con historia que sigue sumando hitos; porque si; porque queremos comenzar despacio pero con fuerza, empezar un microrrelato y terminar con una novela; porque tenemos tiempo, ganas y… No, dinero no es importante. Lo que nos sobra es trabajo, e ilusión.

cartel

Bienvenidos, curiosos.

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el origen de “EL APAGÓN”

From: …
To: opiniones@lagacetadesalamanca.com
Subject: Cartas al director
Date: Mon, 6 Jul 2009 22:17:17 +0000

Querida Iberdrola:

me pongo en contacto contigo porque ayer tuvimos un pequeño problemilla, mis vecinos y yo. En el periódico lo han querido suavizar, mencionando un ligero apagón en la zona de Carmelitas durante “una hora, hora y media” pero tú y yo, y todos mis vecinos sabemos que no es cierto. Que la aguja grande del reloj pasó hasta seis veces por las doce antes de que te decidieras a volver a nuestras vidas.

No puedes marcharte así sin más, ya lo sabes. Los apagones sorprenden a la gente sentada frente al televisor, consultando internet, cocinando en la vitro, planchando una camisa o escuchando en la radio. Y de repente, plof, se acabó. Ya no hay nada. Sólo la oscuridad, y el silencio.

Al principio todos reaccionamos igual: nos echamos a la terraza o a la calle, en su defecto. Buscamos el contacto con alguien que esté igual que nosotros. Repetimos incansablemente “pues se ha ido la luz”. “si, no sé por qué habrá sido” “a ver cuánto tarda en volver”. Buscamos en el bloque de enfrente o en el de al lado, nos da igual, un poquito de compañía. Porque lo que más miedo nos da de los apagones es la soledad. Y el silencio.

Cuando finalmente tenemos que volver dentro, al agujero oscuro en el que se ha convertido nuestro acogedor hogar, nos damos cuenta, otra vez, de lo frágiles que somos sin enchufes ni pilas, del ruido escandaloso que proviene del tic-tac del comedor. Otra vez la aguja ha pasado por las doce. Y me da la impresión de que no tengo nada, absolutamente nada que hacer.

Hasta que recuerdo las velas que guardaba en el armario de la cocina. Busco con ansia un mechero que sé que tiene que estar guardado en algún cajón y, cuando consigo que una tímida señal de luz vuelva a la casa, cojo mi libro. No necesita baterías ni pilas de litio. Mi libro no me ha dejado tirada, como la vitrocerámica o el portatil. Sigue aquí. Y con él, se me olvida el apagón, la soledad y el silencio.
Y me sorprendo a mi misma, unas horas después, descubriendo que has vuelto.

Mis más cordiales saludos, Iberdrola, como adelanto previo a mi próxima reclamación.

R.M.G.

la foto

(han pasado más de tres años y no me rindo, no)