Silencio y respeto

Anoche quise escribir una entrada en mi blog sobre el silencio y el respeto. Todo venía motivado porque, intentando disfrutar de una de las procesiones más austeras y silenciosas de la Semana Santa en Salamanca, me encontré con una terrible discusión entre una mujer, su hijo adolescente y otra señora que llevaba un perro a ver la procesión con ella. La mujer no quería que el perro la tocara y la otra señora no entendía nada. Se intercambiaron insultos y al final cedió el perro. Al lado, un italiano de tercera fila alargaba el brazo y le ponía la cámara Canon de ultimísima generación en la cara a un hombre que disfrutaba plácidamente de la procesión. Entre flashazo y flashazo creo que al final alcanzó a ver algo. Más allá sonó un móvil con un terrible politono de alarma de incendios. El dueño se rió y contestó la llamada.

No quería hacer una apología de la religión con mi entrada pero si del respeto. Hay cosas que yo no comparto pero jamás pasaría por encima de ella. Nunca me limpiaría los pies en una alfombra en la que un musulmán está haciendo el rezo. Así que tampoco entiendo que necesidad imperiosa puede mover a alguien que tiene que cruzar la calle Compañía si o si en el momento en el que atraviesa un paso portado por sacrificados cofrades. Ni por qué una llamada no puede esperar media hora a ser contestada. A veces no entiendo nada.

Hace menos de un mes tuve una experiencia similar que no tenía connotaciones religiosas y me llevó a la misma reflexión. Estaba disfrutando de un estreno teatral en la Biblioteca Torrente Ballester y el protagonista, dedicado en cuerpo y alma a recuperar el folclore de los pueblos zamoranos y con él la historia de nuestras raíces, que están todas en los pueblos,  pues el protagonista jugaba con los silencios y con la oscuridad como parte de su historia. Jugaba con parar los tiempos para trasladarnos muy muy dentro y vincularnos de alguna manera a aquellos pueblos que a algunos se nos antojan ya tan lejos. Fue entonces cuando parte del público, acostumbrada a comunicarse continuamente y a identificar la cultura con el color y con la risa y cierto grado de fanfarria, no lo entendió y se marchó. Uno a uno, envalentonados por la salida del anterior, salían presurosos como dando a entender que de repente se habían dado cuenta de que tenían algo muy importante que hacer o una caña imprescindible que beber.

Ayer iba a escribir sobre el silencio y el respeto porque me parecen imprescindibles para el mundo en el que nos ha tocado vivir, lleno de ruido y de individualismos y de faltas y de desprecios.

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Ayer iba a escribir sobre eso pero hoy la mañana se tiñó de negro y hablo por mi de ruidos infernales y de faltas de respeto. La más importante de todos, perpetrada contra al menos 34 personas hoy en Bruselas, 5 hace unas semanas en Estambul, 37 en Ankara. La que tiene que ver con la vida. Faltarle el respeto a la vida  es vivir de la mano con la muerte. Y no hay nada más terrible que eso. Así que ya no me sale hablar de silencio y de respeto porque a veces, con todo el dolor del mundo, me da la sensación de que esto no tiene arreglo.

 

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