De otra manera

Antonio Orlando Rodríguez

por-carta

Ilustración de Raquel Díaz Reguera 

Mi abuela es olvidadiza, tan olvidadiza, que a veces se sienta a hacerme una carta, dobla el papel sin haber escrito ni media palabra, lo mete en un sobre, le pega un jazmín de cinco hojas y lo echa, tan campante, en el primer buzón que encuentra en su camino.

Suerte que ya todos los carteros conocen lo distraída que es mi abuela y cada vez que hayan en su bolso una carta sin dirección ni remitente y con un sello que huele muy lindo, no lo piensan dos veces y me lo entregan.

Entonces yo despego el sobre, con mucho cuidado para que no vaya a romperse, lo sacudo despacito y de su interior, como en un desfile, van saliendo las cosas más asombrosas: cañaverales, palmas, guijas y jilgueros, estrellas, panales, remiendos invisibles, décimas, agujeros y el montón de maravillas que mi abuela pensaba contarme en la carta y que no me contó, o que sí me contó, pero de otra manera.

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