La literatura como una tercera orilla

Visto en Revista Intemperie

Hay un cuento inquietante y genial del brasilero João Guimarães Rosa, titulado “El tercer margen del río (o la tercera orilla del río)”. Es la historia un padre que, sin razón aparente, deja a su familia y comienza a habitar una canoa en la imprecisa ribera del río cerca de casa. No se ha marchado del pueblo, no ha muerto, lo ven moverse en su improvisada embarcación, se alimenta con la comida que le dejan. Como dice el narrador: “Nuestro padre no volvió. No se había ido a ninguna parte. Solo cumplía el deseo de habitar en aquellos espacios del río, de medio en medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella, nunca más”. Es ambiguo, está y no está, lo necesitan y recuerdan a diario, lo ven a lo lejos pero no pueden contar con él ni comprender la lógica de su decisión. Pasan los años, resiste las heladas, las lluvias, la intromisión de los extraños, pero también la hija contrae matrimonio. Cuando nace el primer nieto, van al río y tienen la esperanza de que esa nueva vida le provoque una emoción, un eminente regreso, pero nada, se quedan con la criatura agitando las manos en el aire. La hija con su nueva familia se muda a otra ciudad, la madre los sigue, queda solo el hijo mayor. Luego de un tiempo, en un pacto de filiación o de culpa, el primogénito le dice en voz alta: “padre, ya estás viejo, yo te relevo, ven, es mi turno”. Es la primera vez que el hombre da señas de que escucha y rema lento hacia él pero en ese instante el miedo lo invade y escapa lejos.

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Yo siento como lectora y autora que cada vez que acepto el pacto de un libro, al leerlo o escribirlo, de algún modo consiento habitar un tercer espacio, una dimensión desconocida que supera los binarismos arriba-abajo, izquierda-derecha y tantos más. La ficción no es la realidad cotidiana ni algo meramente fantasioso: las historias y los personajes de los libros tienen espesura, son figuras que movilizan nuestras fuerzas psíquicas, se hacen concretos en el tiempo específico de la lectura y si nos “tocan” pasan a ser parte de nuestro imaginario.

Si me remonto en el tiempo creo que la primera vez que sentí que habitaba ese tercer espacio, fue en las bibliotecas públicas. De niña, cuando mis posibilidades de desplazamientos eran escasas, y las tareas escolares una rutina, me vi en la necesidad de salir a buscar las respuestas que las enciclopedias y los libros hogareños no daban. Más pronto que tarde lo que hay en casa deja de ser suficiente, y esto en un amplio sentido: salimos al mundo a recorrer otras orillas, a explorar espacios ajenos, a cruzar fronteras. Tuve la suerte de vivir al lado de una biblioteca municipal a la que iba a consultar mapamundis. Cuando terminaba mis deberes cruzaba una pequeña frontera, iba desde la sala de consulta a la sección de libros de préstamo. Este último era un recinto más amplio con varios estantes abiertos, organizados en cuatro pasillos, yo miraba con detalle libro a libro en cada sección. Tomaba los ejemplares que me atraían por su sugerente título, el diseño de su portada, la textura de su lomo, o porque el nombre del autor o autora me sonaba y los registraba en mi carné de miembro con una fecha de devolución impresa en timbre de tinta morada. Si bien la sala de la biblioteca era un espacio convencional, en mi memoria afectiva y espacial era una biblioteca como las de los dibujos de Escher: plagada de escaleras y pasadizos secretos, porque así se urdían en mi mente las nuevas lecturas. Y quizás esa sensación es la que me interesa de la literatura: la posibilidad de moverse en un terreno ambiguo, infinito, con más preguntas que respuestas.

¿Qué puede ser o representar el tercer margen del río que ese padre del cuento de Guimarães Rosa decide habitar?: ¿la muerte, la soledad, el egoísmo, la locura, el fin del mundo, la resignación, el ostracismo, el nihilismo, la vejez, la perpetuidad, la prueba del amor filial, el padre desaparecido, la orfandad? Todas estas posibilidades y tantas más. Leer y escribir nos enfrenta a esas dimensiones misteriosas que componen la existencia. Y al mismo tiempo, los libros nos señalan límites que felizmente no necesitamos cruzar en la vida real: las fronteras del crimen, del dolor, de la muerte, de la pérdida, del absurdo, del horror colectivo, de la desolación, del desamor. La literatura con sus zonas oscuras y claras es una rebelión a la simplificación de la existencia en la que insisten los medios de comunicación y el sentido común. Los personajes parecen llevarnos a esa tercera orilla, nos seducen a que habitemos sus lugares, y cuando estamos a punto de cruzar el límite y relevarlos, como el hijo del relato, y padecer lo que ellos padecen, pasamos la página o cerramos el libro y retornamos a lo nuestro. En ese instante pareciera que la ficción salva o nos permite hacer un corte e inaugurar otra historia.

Leer y escribir desde “la tercera orilla del río” se convierten en una de forma de resistir la necesidad de certezas y aceptar de buena gana vivir en la ambigüedad.

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