Mi biblioteca

Hoy, 24 de octubre, es el Día de las bibliotecas y mi homenaje va, sin duda, para la mejor biblioteca que he conocido y que ha marcado mi vida: la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Ha llegado la hora de decir GRACIAS con mayúsculas, porque con el tiempo queda solo el poso de la bueno: los ratos con los amigos leyendo Zipi y zape de pequeños, las prácticas con Rafa en la planta cuarta y los siete años de trabajo que sin duda han marcado mi trayectoria profesional.

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Yo llegué a la Fundación -como la llamábamos todos en Salamanca- de la mano de mis padres, y no sé si ya llegué LECTORA  o me hice allí, pero lo cierto es que lo soy, lo fui, lo seré y será algo que irá conmigo siempre. Tener la posibilidad de acudir todas las tardes a un lugar repleto de libros, donde podías encontrar tu momento para leer a solas, tu ratito para compartir juegos y recomendaciones… y al final, despedirte de  Alfonso con un montón de libros bajo el brazo. Impagable.

Después me hice mayor, encontré otros espacios y al final volví. Acabé mi carrera y terminé, por casualidad, haciendo las prácticas en el mismo lugar en el que empezó mi interés por las letras y por cómo comunicar a través de ellas, en la Fundación. Allí Rafa me enseñó todo lo que tiene que saber un buen profesional, aprendí de sus años de experiencia y de su sabiduría. Y a la vez comencé a conocer a otros compañeros que me abrieron los brazos aunque fuera una mera alumna -de paso- de prácticas. Gracias Pancho, gracias Marta.

Y al final volví para quedarme. Mis años de trabajo en la Fundación han sido sin duda la mejor escuela que he podido tener, tanto a nivel profesional como personal. Aprendí tanto que no sabría por dónde empezar. Aprendí que nunca hay que decir que no ante un proyecto nuevo, solo prepararlo a conciencia, con ilusión y trabajo, para poder llevarlo a cabo. Aprendí que tengo tanta capacidad de aprendizaje que todos y cada uno de mis compañeros me enseñaron algo. También aprendí tanto de los niños… Sin duda el mejor regalo de todos era poder compartir las tardes con ellos. Me enseñaron a improvisar. A escucharles atentamente para saber qué necesitaban, qué estaban buscando entre los libros o a dónde querían llegar. Me hicieron niña otra vez. Todas y cada una de las tardes. pero nada de esto habría sido posible si, además de compañeros, en este trabajo no hubiera encontrado también AMIGOS. Con mayúsculas. Los mejores recuerdos, sin duda, son las risas resonando por toda la sala (¡más de 100 metros cuadrados!); la capacidad de reírnos frente a la adversidad, de secarnos las lágrimas de impotencia a veces, otras de cansancio, incluso de rabia, con RISAS.

Gracias a Tami, Cris y María por las charlas en la cuarta.

Gracias a Ana, Ángel, Carmen y sobretodo Soraya. Gracias por grabar discos del verano que se rayaban enseguida pero nadie se levantaba nunca a cambiarlos. Gracias por preparar todos juntos en la sala el musical de los Jonas Brother “S.O.S.” que nunca llegamos a estrenar. Gracias por las mañanas de verano que terminábamos jugando competiciones interminables de Zuma. gracias por traer postales de todos los lugares delmundo que visitábais, era como si estuvieramos todos. Gracias por el desorden. Gracias por dejarme ser Diógenes. Gracias por hacer cinco comidas al día y merendar en el cuartito. Gracias por atascar la fotocopiadora. Gracias por trufar de momentos inolvidables todos los momentos vividos.

Para vosotros, mi homenaje.

¿Que homenaje?

 

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