Oda a mis botas chilenas

Hoy han llamado a mi puerta. Cuando he abierto, me he encontrado a mis botas chilenas.

botas

– ¿Vosotras no estábais en la cocina?

– Si, si. Pero llevamos más de un mes allí. No parece que tengas muy en cuenta nuestra existencia.

– No digáis eso, por favor. Y pasad, que hace fresquito.

Pasito a pasito, pasito a pasito, pasito a pasito han llegado hasta el salón.

– No sé si vosotras las botas tomáis algo.

– Pues mira- han respondido- acuérdate que somos chilenas, así que si tuvierais por ahí un poco de pisco.

– Nada, imposible. Negrita, Ballantines o ginebra de la cesta de Caja Duero. No os puedo ofrecer otra cosa.

– Bueno, no te preocupes.

– Y si me podéis contar a qué habéis venido- intercedí mientras tomaba asiento en el sofá – me quedaría más tranquila. Es la primera vez que tengo una conversación con unas botas.

– Bueno, Rebeca- me han llamado por mi nombre-, nosotras no somos un par de botas cualquiera. Acuérdate de aquel fabuloso día en el condado de Temuco, allá donde Cristo perdió el mechero, cuando Soraya y tú decidisteis coger un autobús para conocer el lago de Pucón, y allí os encontrasteis con que solo teníais veinte minutos para conocer el pueblo, ver el lago, hacer mil fotos y alcanzar el último autobús de vuelta a Cunco. Qué hiciste en ese momento, ¿te acuerdas?

– Si, claro.

– Algo muy normal no…

– Pues comprarme un par de botas.

– Exacto. No somos unas botas normales. Venimos del culo del mundo y aparecimos por obra y gracias de la casualidad en tu vida. Te solucionamos los días más fríos en Cunco.  Y después estuvimos contigo durante las infernales trece horas del viaje de vuelta a España. En las fiestas de Villaverde en las que te empeñaste que podíamos quedar bien combinadas con un vestido de tirantes, allí también estuvimos. Fuimos a Estambul, París, Oporto, Belgrado, a Rumanía, casi nos hicimos ortodoxas con María. Hemos visto crecer garbanzos, cebada, lentejas y trigos varios años seguidos. Viajamos contigo a tres Copas de la Reina distintas. Hasta hemos salido de fiesta y todo. Y ahora…

– Ya sé lo que me vais a decir.

– No puedes vivir de los recuerdos, tienes que hacer recuerdos nuevos. Y el nuestro es un agujero enorme, Rebeca. No lo puedes coser ni pegar con el Silbor de los chinos. No se puede hacer nada. Se acabó. Terminó nuestro ciclo.

– Y que hago yo ahora sin vosotras? Sois las únicas botas que me sirven para los días de lluvia. Con vosotras siempre estoy cómoda. Pegáis con todo. Y si no me da igual, porque igual yo os pongo. Con vosotras aprendí que soy pronadora. Que no paso frío nunca, cuando estoy con vosotras…

– Se acabó, Rebeca. Todos tenemos un ciclo y el nuestro terminó, tienes que entenderlo. Ya no servimos para caminar porque estamos demasiado gastadas y te vamos a dejar coja. No podemos evitar que entre la lluvia por el agujero. O la nieve. O la mierda.

– Lo entiendo, pero ¿qué hago yo ahora?

– Haz lo que haría cualquier otra persona. Tiranos a la basura.

-…

– Y cómprate otras botas.

Se me han llenado los ojos de lágrimas pero tenían razón. Las he acariciado por última vez, esa piel rugosa que un día fue suave y marrón. Después me he asomado al balcón. Y he hecho lo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo: “probar a tirar desde la terraza directamente la basura al contenedor”. No he encestado. pero no importa. Mañana pasará alguien y pensará que mis botas son geniales.

 

Y que el agujero no es tan grande.

 

 

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