el globo

Tacto e hilo se separan y, de pronto, un globo comienza a caer hacia el cielo. Es una caída lenta pero a la vez irremediable. Irremediable no porque sea imposible atraparlo, irremediable porque nosotros, los adultos, ni siquiera lo intentamos; sólo los niños lo hacen.

Ellos, a pesar de acurrucar sus dedos y no sentir ya la cuerda que sujetaba su ilusión, continúan manteniendo la esperanza. Corren, saltan, lloran, gritan…señalando ese punto que va desapareciendo entre un azul que lo ocupa todo.

Adulto y niño observan la misma escena, pero con miradas distintas: ellos piensan que el viento lo traerá de vuelta, que algún pájaro lo atrapará con su pico o que, quizás, con suerte, otro niño sacará su mano por la ventanilla de un avión y lo volverá a coger. Nosotros no, nosotros sabemos que se ha ido, como lo hacen los recuerdos entre la vida, como lo hace la inocencia entre los años, como lo hacen las lágrimas entre las decisiones. 

Y así, cayendo, el globo termina por convertirse en cielo, momento en que se descubre la frontera entre las edades: los niños piden otro como si todos los globos fueran iguales; en cambio, el adulto se pregunta qué podría haber hecho para evitar perderlo, pues sabe que ese era único. 

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¿Dónde caerá? ¿Qué dirección llevará? ¿Quién se encontrará con él… o con ella? ¿Podríamos haber hecho algo para evitarlo? Y la pregunta para la que uno nunca está preparado: ¿realmente se escapó, o lo dejamos marchar?

Lo que encontré bajo el sofá (Eloy Moreno)

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