Coraje y verdad

Ángel J. Ferreira, La Gaceta de Salamanca. 16 de Agosto 2013

La muerte nos aplasta, nos sorprende siempre, nos saca de nuestra cotidiana modorra. La muerte nos dice, mejor que nada, quiénes somos y nos pone en la tesitura de responder con lucidez o de huir de su implacable realidad y evitarla. Pero es imposible zafarse de ella y siempre perdemos esa batalla. De ahí que me despierten admiración las personas que la miran a los ojos y se enfrentan con coraje y con verdad a su desafío.

Es lo que ha sucedido con Puri Martín García, a quien pocos conocían porque anduvo entre nosotros sin hacer ruido y preocupada solo por hacer el bien, y aquí y ahora este tipo de gente pasa desapercibida, aunque es la única que puede salvar este mundo. Pues Puri se ha ido en silencio al amanecer del martes, fiel a su estilo vital, legándonos un testimonio de cómo un ser humano, con mucho dolor pero también con mucha dignidad, la planta cara a la muerte asumiendo que cuando uno ha vivido como debe no hay mejor pasaporte para entrar en la eternidad y no hay que tenerla miedo: hizo en sus 52 años lo que debía, cumplió su misión y entró en la otra fase de su existencia, invisible para nosotros aunque refulgente ya para ella.

Pero a alguien así no podemos olvidarla, aunque ya no esté aquí con nosotros, pues persiste su memoria y su ejemplo, imperecedero entre quienes la tuvieron muy cerca. A mi me admiraba su capacidad para ayudar a quien se pusiera a su alcance: pedirlo algo era conseguirlo, a cambio de nada, con una sonrisa propia como único estipendio. Porque -y así pensaba ella- nada hace mas feliz que ponerte en la piel del otro y no dejarlo tirado a la ladera del camino. Ya, ya sé que hacerlo requiere tener la experiencia de la compasión ante el dolor ajeno. Y Puri, que tanto dolor alivió, completó su camino sufriendo mucho, como si quisiera despedirse unida en su experiencia definitiva -larga y difícil, pero esclarecedora de quién era- a quienes ella a su vez había ayudado a afrontarlo.

Y es que sufrir está unido a vivir, pese a que tendamos a rehuir esta dura y seca verdad en una sociedad tan individualista y miope como la que padecemos, hasta el punto de que la muerte es el tabú innombrable de la hora presente. La cosa está clara por lo demás, pues cuestiona los proyectos que, ilusos, creemos definitivos y que no son sino castillos de arena: la superchería idólatra de que el poder, el dinero o el sexo nos van a salvar: ¿de qué, del sinsentido que es la vida humana asentada sobre todo lo que no sea salir de sí mismos y vivir la fraternidad?

Por eso, al decir adiós a alguien como Puri, no cabe transmitir melancolía por lo que fue y no volverá, sino esperanza por tanto como entregó y alcanzó granazón. Dio el salto, pero no al vacío de la nada sino a la plenitud del ser.

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