Camine, camine

El otro día estaba aburrida en casa porque me metieron un proceso de traslado por causas productivas en el trabajo y como yo me siento muy productiva me tuve que marchar. Así que ante la amenaza de la nube negra de la inactividad, me puse las botas, y a caminar. 

1ª etapa:después de una gymkana (que ganamos) por Ferrol, empezamos a caminar. Hacía un calor de justicia y eran como las tres de la tarde, pero nosotros somos así de chulos, así que caminamos cinco kilómetros e hicimos la primera parada para comer. nuestras paradas son de mesa y mantel. probad a haced así el Camino, resulta super divertido (aunque las digestiones se hacen pesadas). esta modalidad hace que paremos al reanudar la marcha en muchas casas mendigando agua. pero al final siempre llegamos. en este caso, a la bella localidad o pueblo o concello o como se quiera llamar de Pontedeume. Allí me cogí una barca y me empeñé en volver a Ferrol, a ver si había una gallego en la luna, pero no me dejaron.

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2ª etapa: después de un desayuno buffet (que no puede faltar ni en el Camino) comenzamos una etapa sencilla pero muuuy exigente por la variedad de bajadas y subidas que se alternaban de forma casi imperceptible pero prolongada. como la vida misma, vaya. El día estaba nublado así que no tardamos mucho en llegar pero el grupo se dispersó tanto que tuvimos que hacer una parada técnica en un bar de Betanzos antes de despojarnos de palos y botas. cayeron dos ribeiros. y pinchos de tortilla, por supuesto. no sé si lo sabéis, pero la tortilla de Betanzos es casi tan conocida como la tarta de Santiago. y sabe… cómo sabe… sabe tan bien que tienes que dormirla un poco después de atracarte, y luego pasearla, y descansar, claro 🙂 por la noche me entró un bajón y decidí que no caminaba mas, que mejor me iba nadando, pero tampoco me dejaron. 

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3ª etapa: nos levantamos todos algo asustados porque la etapa se preveía larga y con una subida de 200 metros en dos kilómetros. como no podía ser de otra manera, la subida nos tocaba después de comer. y como no podía ser de otra manera, el sol comenzó a brillar desde las nueve como si estuviéramos en Nerja. Pero no, estábamos caminando por la campiña gallega y teníamos que caminar y caminar y caminar. es lo bueno que tiene, al final. te acostumbras y lo único que tienes que hacer, es caminar. y comer, claro. comimos en Casa Julia después de la primera parte de la etapa y después de unos limoncellos caseros además de un buen vinito (ya sé que puede sonar algo atípico en el contexto) nos pusimos a caminar de nuevo. eran las 3 y media de la tarde. si. creo que hasta en primero de senderismo saben que esto es una locura. pero nosotros estamos muy locos. al principio incluso nos desorientamos un poco.

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pero una vez que aprendimos a poner un pie por delante del otro, y luego el otro, y luego el otro, pues pan comido. al final fue una cuesta de 54 elefantes balanceándose. yo las cuestas las cuento así, cantando, porque se me hace más divertido a la par que acojonante. hacía tiempo que no subía una cuesta de más de 50 elefantes. llegamos a nuestro destino, Bruma, a las 19:30h de la tarde. Cerveza con limón, ducha, tertulia y recuperación.

4ª etapa: con otra sesión por delante de 28 kilómetros, no preguntéis por qué pero mi cuerpo parecía aparentemente recuperado. creo que son las propiedades curativas del albariño. el problema fue que, lo que se preveía como un itinerario llano y sencillo, al final se convirtió en una pista de asfalto infernal. como la vida misma, las dificultades se esconden tras los recodos más inesperados. hubo que tirar de eslogan (qué somos, leones o huevones) y meter las manos en los bolsillos para no levantar el pulgar y parar un coche. lo conseguí. lo conseguimos todos. nos homenajeamos, como os podéis imaginar, con una buena comilona. y prolongamos el homenaje con un baño en la piscina del hotel. ya sé lo que estáis pensando. pero me absolutamente igual. yo lo disfruté 🙂

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5ª etapa: nos levantamos, desayunamos, y llegamos a Santiago. después de los dos días anteriores, una etapa de 12 kilómetros no nos supuso mas que un agradable paseo. una vez allí le dimos un gran abrazo al Santo y nos quitamos, hasta el año que viene las botas. por la noche yo me las volví a poner: navajas, almejas a la marinera y pulpo sin cachelos regado todo con una botella de albariño. si, ya lo sé. no sabéis si fui a hacer el Camino o a grabar un capítulo de Un país para comérselo. no es mi culpa que en Galicia tengan tan buena gastronomía, pero la verdad es que caminar abre el apetito. calma la mente. limpia el espíritu. da aire.

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camine, camine…

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