Sarajevo: volver a nacer

me gusta ir al cine a ver una película que me conmueva las entrañas y me cuente cosas que no sé ni me imagino. Sergio Castellito ya lo consiguió gracias a la pluma de su mujer, Margaret Mazzantini, autora de NO TE MUEVAS, y a ambos se les unió en un triángulo artístico espectacular Penélope Cruz. Los tres repiten en este mensaje cruento tanto desde el punto de vista realista como desde el literario, al que en versión original le han dejado un título mucho más acertado: VENUTO AL MUNDO/ Venido al mundo, pero no lo interpreten como un mensaje de esperanza sino más bien como una necesidad… y a qué mundo le estamos dando a nadie la bienvenida.

me gusta ir al cine a ver una película que se me quede incompleta en la pantalla. y este es el caso. así que, si algún lector curioso como yo necesita más justificación que la mostrada para entender qué pasó en Sarajevo, puede seguir leyendo.

“En 1992, fuerzas serbias sitiaron Sarajevo e iniciaron una de las guerras civiles más cruentas del fin del Siglo XX: 200.000 muertos, millones de desplazados y emigrados y miles de mujeres violadas son algunas cifras de aquel drama. Los sobrevivientes recuerdan no sólo los inviernos sin agua, alimento ni luz: también rescatan cómo el humor y la cultura los salvó de la desesperación. Suspiran por los tiempos dorados de la exYugoslavia comunista.

La llamaban la Avenida del Francotirador. “Por ahí vimos aparecer la bocas de los tanques, los morteros y los cañones antiaéreos: 800 en total. Desde aquel momento sólo llovió fuego”. El sitio comenzó en abril de 1992. La peculiar disposición de los Balcanes permitió eso: que la ciudad quedara expuesta, sin la menor protección, al campo visual de francotiradores y soldados enviados por Slodoban Milosevic. Aún hoy, con el 80% de la ciudad reconstruida con la ayuda internacional, las cicatrices de la peor guerra civil de fines del siglo XX se ven por todas partes. En el viejo mercado de frutas y verduras, por ejemplo, donde un misil serbio mató a 57 bosnios en 1994, un inmenso mural rojo, con cada uno de los nombres, pide: “Reza por ellos y no dejes de contar a otras gentes lo que pasó en Sarajevo”. O lo que era el Comité Central socialista del que sólo queda un enorme esqueleto incendiado. O la biblioteca de estilo morisco, con su estructura intacta pero devorada por el fuego en su interior por lo que se han perdido para siempre documentos antiguos, libros e incunables: un daño cultural irreparable.

Por el sitio, los bosnios no tenían agua ni luz, no recibían alimentos ni medicinas. Fueron cuatro años de frío, hambre y padecimientos. “El parque se quedó sin árboles por la desesperada demanda de leña”, recuerda Dino, un veinteañero con tardío acné adolescente pero mirada de adulto. “En invierno teníamos 20 grados bajo cero. En casa llegamos a quemar libros y fotos para calentarnos un poco. Recuerdo cómo mi madre lloraba porque no sabía de qué recuerdos deshacerse. Cuando empezó la guerra tenía solo siete años. Nos juntábamos en el sótano de cada edificio (que también era refugio antiaéreo) y recibíamos clases. Tuvimos que aprender siete tipos de sirenas distintos: por bomba, por bomba nuclear, por francotirador, por gas, por armas biológicas, por ataque aéreo? y otra que ya no recuerdo. Había dos cosas a las que les tenía más miedo: ir a buscar agua y confundirme los sonidos de las sirenas. Teníamos hambre y mucha sed. Los chicos acarreábamos el agua desde el río o la montaña y zigzagueábamos las balas. Una vez llevé 15 litros sobre la espalda por varios kilómetros”.

Sin duda, los francotiradores eran la peor pesadilla. “Había gente haciendo cola para cruzar un espacio abierto. Cuando es tu turno no podías dudar. Cuanto más esperaas más preparado estará el francotirador. Uno además quiere separarse del miedo que transpira esa multitud que espera. Corres. El miedo es como una bola de acero que te muele las tripas. La sangre te palpita en las sienes. Los ojos apenas ven un par de metros adelante. El silbido de las balas te sigue detrás. Y cuando llegas al otro lado la oleada de adrenalina es tan intensa que se ve todo con extrema claridad pero no se entiende nada”, describe el notable escritor bosnio Aleksandar Hemon en La cuestión de Bruno uno de los mejores libros sobre esa tragedia.

¿Cómo se precipita en tan pocos años un odio como ése entre pueblos que convivieron pacíficamente por décadas? Hay varias explicaciones. Una dice que el odio estuvo siempre latente por ser la ex Yugoslavia un engendro de laboratorio, unido sólo por el capricho de las potencias triunfadoras en la Primera Guerra Mundial en el Palacio de Versailles. Pero esa bomba de tiempo dormida podía no haber despertado nunca. ¿Qué activó la enemistad nacionalista y el enfrentamiento interétnico e interreligioso en un país oficialmente ateo? Los líderes, deseosos de regir sobre un territorio propio aunque fuera pequeño fueron sin duda uno de los principales promotores. Pero también el ejército, la Iglesia y los medios de comunicación alimentaron la hoguera del separatismo.

En Mostar, bellísima ciudad capital de Herzegovina famosa por su puente, esto llegó a puntos de gran bajeza. Impacta ver, en la calle Santic, toda la línea de edificios, de una vereda y de otra, como ruinas ennegrecidas. Vecino contra vecino, el frente de batalla era la calle misma: de un lado musulmanes, de la vereda de enfrente croatas. El mismo puente sobre el río Neretva, orgullo de la ciudad por su elegancia y su perfección, diseñado en 1566 por el arquitecto otomano Mimar Hayruddin y ejemplo de avanzada tecnológica para su época, fue bombardeado sin piedad. Lo reconstruyeron las fuerzas internacionales; re-inaugurado por Carlos de Inglaterra en 2004 y catalogado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

¿Cómo se sobrevive a esto? Zijad Jusufovic, de 38 años, con un desaliño personal que se parece mucho al de un hombre deprimido dice que no se puede olvidar. “Lo peor fue perder amigos y amores. Ver a mi sobrinito sin piernas. ¿Lo mejor? Cuando dejábamos el odio de lado y musulmanes y croatas nos juntábamos en el medio de la línea de fuego a tomar café, fumar y hablar de los buenos viejos tiempos. Eso sí, una hora después volvíamos cada uno a su respectiva posición a matarnos entre nosotros. Siempre estábamos con hambre, con sed, a oscuras”, continúa Zijad que fue combatiente musulmán durante el sitio de Sarajevo. “Uno se va degradando poco a poco. Te vas acomodando cada vez a situaciones más humillantes. ¿Y qué te queda? El arte.”

Fue reconocido mundialmente cómo, en esa guerra civil, el humor y la cultura, fueron para los bosnios una tabla de salvación contra el asedio. “Organizábamos obras de teatro, conciertos, competencias. Esperábamos las noches de niebla por los francotiradores”. Dijo esto cuando estábamos frente al edificio blanco del teatro reconstruido. La plaza que lo rodea lleva el nombre de la escritora norteamericana Susan Sontag. Inmediatamente recordó: “Hacíamos cualquier cosa por sentirnos vivos. Una vez, hartos de la oscuridad, montamos un generador eléctrico casero con una bicicleta, en el living de una casa. Uno de nosotros pedaleaba y pedaleaba para generar energía. Y el resto bailó la noche entera con la música de la radio… Ahhh… en medio de tanto desastre, un poco de clima…”

¿Y el humor? A la orden del día. Cuenta Sanja: “Los serbios bombardearon el aeropuerto y no dejaron piedra sobre piedra. Había un escritorio debajo de una carpa y lo demás todo a la intemperie. Riéndose del propio drama y de la competitividad capitalista, un bosnio colgó el siguiente cartel: Aerolíneas Quizás. Señor pasajero si usted no está conforme con nuestro servicio puede buscar algún otro aeropuerto”. “Otro cartel famoso -agrega Zijad- era el del túnel”. Durante el sitio se construyó un pasaje secreto de 800 metros, desde una casa hasta el aeropuerto. Todavía está y puede visitarse. Por ahí huyeron en 3 años, más de un millón de bosnios. Llevaba 25 minutos recorrerlo y en la mitad, la gente se encontraba con una señal de tránsito que parecía verdadera y decía: “París 3.850 Km”. Sarajevo, ciudad bisagra, un poco europea y un poco turca, siempre fue protagonista de la historia. Por sus calles pasaron todos los ejércitos de Europa. Fue codiciada por Roma, conquistada por Napoleón en su marcha a Rusia, fue capital para el poderío otomano y centro de poder, después de Viena y Budapest, del imperio austrohúngaro.

En toda Bosnia Herzegovina, de las 4.700.000 personas que había, 200.000 murieron y 1.000.000 se fueron al extranjero. Hay bosnios en 112 países distintos. Las remesas que mandan son uno de los puntales de la economía, junto al turismo (todavía escaso) y la ayuda de la comunidad internacional (que se va mayormente en sostener ese fenomenal aparato burocrático que la misma comunidad internacional ha creado cuando terminó la guerra con el acuerdo de Dayton en 1995). De los que quedaron un 70% son musulmanes, un 15% croatas y otro 15% serbios. Pero no se ven las diferencias. No hay barbas ni mujeres con velos sino chicas en jeans ajustados y muchachos con aritos y pelo engominado como cresta de gallo. Por la falta de empleo (45% de desocupación y mucho trabajo en negro donde se paga 200 euros al mes) sólo se ve gente muy vieja o muy joven. La muchachada estudia en la prestigiosa Universidad de Sarajevo pensando en emigrar.

Entre los jóvenes, diez años después de terminada la guerra civil, sucede un fenómeno curioso: en toda la ex Yugoslavia crece la admiración por Tito. Chicos y chicas ponen, en sus celulares, himnos guerrilleros como “ringtones”, instalan fotos del líder en la pantalla de las computadoras y tienen hasta un lugar para su veneración: el supermoderno Café Tito de Sarajevo. Jóvenes empresarios levantaron a orillas del río este santuario laico donde, entre ginebras y café, viejos partisanos relatan, por pedido de los jóvenes, historias de la liberación de Yugoslavia y de la era socialista cuando el desempleo era del 2% y había educación y seguro médico para todos. Fotos de Tito (con Kennedy o Castro, en París o en Berlín, con la Loren o entre multitudes que lo vivan) adornan el lugar sin olvidar –¡al fin y al cabo esto es capitalismo!?la venta de merchandising.

¿La de Tito fue una época dorada? Sí, para todos los ex yugoslavos ¿Quieren volver al socialismo? ¡Ni soñando! Contradictorios pero orgullosos de su historia, los bosnios no quieren, pero temen repetir esta guerra civil con sus matanzas, destrozos, metrallas, campos de violación, pueblos incendiados y hambrunas. Por eso alimentan la memoria. En cada negocio, en cada escuela hay placas de bronce con los nombres de sus muertos. Y en las calles y veredas, a propuesta de los artistas plásticos bosnios, hay unas manchas escarlatas incrustadas en el suelo. Son “las rosas de Sarajevo”, setenta en total, que marcan los lugares exactos donde hubo al menos siete muertos por el fuego enemigo.

Venuto al mundo…

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