¿por qué escribes?

Me fascina la gente que ve el final de su vida desde la cama, condenada a imaginar que el techo es un proyector en blanco por donde van pasando, de forma aleatoria, las imágenes de los cuatro años, los diez, los veinticinco, los cuarenta y ocho, los sesenta; retazos de tardes clavadas a fuego en la memoria; noches en las que “si hubiera…” Pero ya no hay. No hay más que cama y techo.

Si ese día llega, me gustaría no haberme olvidado de las cosas importantes.

Por eso empecé a escribir. Un día cuando me fui a dormir después de leer el cuento de todas las noches, me di cuenta de que no me iría a dormir todos los días de forma infinita. Habría alguna noche que me iría a dormir, y no despertaría más. Y el mundo seguiría girando y la gente seguiría escribiendo cuentos para que los niños los leyeran a la hora de dormir.

Ese día decidí que tenía que escribirme mucho, mucho, mucho, para no olvidarme.

Al principio eran sólo diarios, amigos imaginarios en formato papel que siempre estaban dispuestos a escuchar unas líneas más; después, cuatro versos desenamorados, tristes apuntes que siempre acababan en el “no me quiere, no me quiere, no me quiero, no me quiero”; al final, hojas sueltas que aparecían entre los apuntes, una frase que se convertía en relato, un relato que se convertía en historia, una historia que se convertía en real entre mis manos, y mis manos otra vez volvían a las hojas sueltas, buscando.

Fue así como me di cuenta de que escribir para mi misma era ponerle un candado a mis pensamientos. Vivir etiquetando recuerdos: esa soy yo, así pensaba. Cerrar. Seguir escribiendo. Rellenar las secuencias de mi proyector en el techo, para tenerlo completo.

¿Y mientras tanto?

¿Quién le escribe a los que no piensan que estarán solos cuando estén casi muertos? ¿Quién le cuenta a los niños o a los viejos? Contarse a uno mismo es egoísta, me di cuenta. Por eso ya no escribo así: ahora cuento.

Cuento cosas que sé o que me gustaría que pasaran en un sitio que no sea éste pero que sea muy parecido. Cuento en papel y en pantalla, a viva voz e incluso en silencio. Cuento con mis palabras y con mis gestos, con el brillo de mis ojos y con mis recuerdos.

 Y les cuento especialmente a ellos, a los niños, por ser ingenuos.

Y lo escribo luego.

Y así no lo pierdo.

Si os portáis bien, algún día os lo enseño.

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