Ilustración de libros infantiles: mirada práctica y mirada estética

Tenemos dos formas de mirar: una mirada práctica (con la que vemos el objeto) y otra mirada estética (con la que descubrimos su belleza). Todo lo que se dibuja crea unos itinerarios para el ojo, y éste aplica primero la mirada práctica y luego la mirada estética.

Es un razonamiento que funciona con los adultos ¿pero qué pasa con los niños? Muchas veces los más pequeños aún no reconocen los objetos ni delimitan los espacios en los que éstos se hallan inmersos, así que sus miradas divergen un poco de lo explicado anteriormente. Podemos decir, sin embargo, que el ojo de un niño aplica una mirada estético-práctica, dejándose llevar primero por la belleza del objeto y automáticamente después reconociéndolo como parte del mundo que le rodea. Por eso, en la ilustración infantil se juega con un amplio espectro de factores: la composición, la luz, la contaminación, las figuras retóricas, …

Es fundamental a la hora de leer, si somos adultos, el buscar más cosas, ir más allá de la mirada práctica para profundizar en la mirada estética. Pero si estamos hablando de niños no podemos olvidarnos de la transposición de miradas, de que ellos no miran como nosotros sino que parten del gusto al reconocimiento, y no a la inversa.

A todos los que, como yo, trabajáis analizando libros infantiles, os pediría que nunca os olvidaseis de estas miradas, que nunca esperéis de un niño que percibe con claridad esas dobles lecturas tan evidentes para un adulto. ellos no leen en busca de valores escondidos, así que dejémosles, sin más, que los perciben sin la necesidad de que los encuentren.

PD. Leí Mi abuelo Simón lo sabe (Anaya, 2007) con la emoción de encontrar detalles ilustrando el alzheimer, referencias pictóricas constantes a la pérdida de la memoria, la brevedad de los recuerdos en la senectud, la impotencia ante la imposibilidad de poner nombres y fechas…

Encontré todo. ¿Y qué? Un niño sólo busca la descripción que la nieta hace del abuelo. Y es perfectamente lícito. Las sombras son para el adulto. Los claros, para el niño. Los detalles, siguen ahí, y ahí se quedan, para poder seguir creciendo con ellos cada vez que volvemos a sus páginas ilustradas.

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