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hoy a las 14 15 he salido de trabajar con una sensación de no entender el mundo que me rodea, lleno de estadísticas y de evaluaciones que no valen para nada. de repente me he visto a mi misma metida en un entorno donde no se trabaja con gente, si no con números.
y en vez de ponerme muy nerviosa y animar a mi cuerpo a que crie una úlcera de estómago, me he sentado al ordenador en cuanto he llegado a casa y me he puesto a escribir sin parar, hasta que he llegado al punto y final y me he dicho a mí misma “si, esto es exactamente lo que quería decir”
y aquí os lo dejo.
LA BIBLIOTECA DE LOS NÚMEROS LECTORES
Había una vez una biblioteca a la que sólo iban números. El 1, el 4, el 5 y el 12 se pasaban todos los días por ahí. A veces también el 22 y el 14 se animaban, e iban con ellos. Y luego había muchos otros números que sólo iban una vez al mes (depende de si era su día y podían despegarse del calendario). Y otros que iban cuando…cuando les apetecía…porque los números son así.
El señor bibliotecario estaba siempre desesperado: “no son suficientes números, no son suficientes números”. La verdad, es que el día que más números acudieron fue porque se pasó por ahí el 101, y al señor bibliotecario le parecía poquísimo.
Así que cuando el señor bibliotecario se desesperaba tanto, mandaba a las señoritas bibliotecarias a que fueran a buscar números donde fuera. Y ellas los recogían de los portales, de los décimos de lotería, de las matrículas de los coches… Esos días la biblioteca estaba hasta rebosar pero es que…
Es que…
Los números no saben leer.
¿Habéis visto alguna vez a algún número leyendo?
Pues eso, que los números no sabían leer y en la biblioteca se aburrían como auténticas ostras. Las señoritas bibliotecarias no sabían qué hacer con ellos. Los movían de un sitio para otro. Jugaban a ponerlos en grupos y contarse ellos mismos. Eso era lo único que les gustaba hacer en la biblioteca.
- 22, 10, 3 y 5 somos… ¡30!-
- 3, 4, 7 y 45 somos … ¡59!-
Pero se aburrían enseguida, porque algunos eran números muy pequeños y no sabían contarse bien.
Un día, una de las señoritas bibliotecarias se cansó de recopilar números de los portales, las matrículas y los décimos de lotería, y se marchó. Entonces llegó otra señorita bibliotecaria nueva a la biblioteca. Se llamaba Mercedes.
A Mercedes le costó mucho entender que los números tuvieran una biblioteca para ellos solos. “Yo creía que las bibliotecas eran para las personas”, se decía en bajito.
Pasó los primeros días de su trabajo observando a los números. Los veía siempre tristes y aburridos. Después miraba a las estanterías, llenas de libros llenos de polvo, y luego a los números, tristísimos, contándose una y otra vez a sí mismos.
- Esto no puede seguir así-, dijo Mercedes al tercer día.
Llamó a 3, 23, 12, 7, 4 y 17, que eran los únicos números que había ese día en la biblioteca. Y comenzó a hablar con ellos.
- ¿Vosotros por qué venís a la biblioteca?-
- Pues…no sé – dijo 23.
- Se está calentito- añadió 17.
- A mi me han obligado- terminó 12.
Mercedes estaba escandalizada.
- Esas no son razones para venir a la biblioteca. A la biblioteca se viene a LEER-.
- Pero somos números- dijo 23 – y no sé si lo sabes, pero los números no sabemos leer-.
Mercedes sonrió.
- Claro que sé que los números no saben leer, 23. Pero nadie me ha dicho nunca que no puedan aprender-.
Cogió un libro de la estantería, tomó aire y comenzó:
- Un día, siete ratones ciegos encontraron algo muy raro al lado de la laguna…
Los números se pusieron a su alrededor y escucharon ensimismados hasta que acabó la historia. 7 estaba contentísimo, porque nunca había pensado que podía salir en algún libro.
Los días siguientes, Mercedes les esperaba en el medio de la biblioteca, con un montón de libros de números para leer con ellos. 365 pingüinos, Numeralia, Ser quinto, El mundo secreto de los números, La pequeña oruga glotona… Los números se le pasaban genial escuchando historias donde aparecían ellos mismos. La que más les gustó fue Inventando números de Gianni Rodari. El día que Mercedes se la leyó, decidieron que tenían que aprender a leer sin falta, para después poder escribir algún día su propia historia.
Y así fueron pasando las semanas entre libros de números y lecciones numeradas.
Un día, Mercedes llegó a la biblioteca con un niño de la mano.
- Números, os quiero presentar a alguien muy especial. Este es Mateo, mi hijo pequeño-
- Hola Mateo- dijeron todos los números a la vez.
- Hola números- dijo Mateo, y se sentó entre ellos, para escuchar otra de las ya famosas historias numeradas de Mercedes.
Ese día Mateo se lo pasó genial en la biblioteca. Escribió con 32 y 9 una historia sobre un niño al que le gustaban mucho las matemáticas. Se lo pasó tan tan bien que al día siguiente volvió acompañado de dos amiguitos de clase.
Y al día siguiente estos dos amiguitos volvieron acompañados de otros dos amiguitos de clase cada uno, así que al tercer día fueron ya siete niños a la biblioteca y si sabes hacer bien las cuentas te podrás imaginar cuántos niños había en la biblioteca al cuarto día, y luego al quinto…
Después de una semana, en la biblioteca había tantos niños como números. Las señoritas bibliotecarias decidieron seguir el ejemplo de Mercedes y comenzaron a contar cuentos todas las tardes, y a enseñar a leer y a escribir a todos los que le pedían ayuda, daba igual que fueran números o niños.
Muchas veces, ni siquiera los distinguían.
De hecho, el señor bibliotecario desde entonces está de lo más contento, porque han aumentado muchísimo los números…
Y ni siquiera se ha dado cuenta de que son niños.


