Ayer estuve en la conferencia “Hablemos de Felicidad”, impartida por Javier Urra, psicólogo y autor del libro que lleva el mismo nombre. La verdad es que fue breve pero intensa y me animó a reflexionar sobre este complicado concepto que se convierte en el leit motiv de todos los seres humanos: “ser feliz”.

Hace muchos años todos los  ciudadanos quería ser listos, por eso se crearon los Institutos de Enseñanzas medias y superiores; tiempo después, todos los ciudadanos desearon ser iguales, por eso se creó el Instituto de la Mujer; una vez iguales y listos, todos deseamos estar sanos, por eso apareció el Instituto del Cáncer; y ahora, iguales, listos y sanos, tan solo deseamos (de momento) ser felices. De ahí la aparición del Instituto de la felicidad.

Javier Urra lleva razón en muchos de sus planteamientos pero se olvida de una variable importante: el tiempo. Vivimos en una sociedad que constantemente lucha contra el tiempo, y así es difícil, sino imposible, plantearse ser felices en intervalos de medias horas. No sé si se puede buscar la felicidad corriendo, o al menos, no sé en qué dirección se mueve ella para intentar, al menos, correr en el mismo sentido.

Aún así, apoyo su reflexión sobre la “felicidad de los cinturones de cuerda”: recordemos que hace no muchos años los ordenadores portátiles, el coche familiar, la segunda residencia, tarifas de datos, tele en la cocina… no eran  NADA, no existían ni mucho menos resultaban imprescindibles. Si se caían los pantalones, uno se los recogía con una soga. Y ya está. En la actualidad el nivel de estupidez ha crecido hasta límites insospechados. Hemos perdido el contacto que tan importante les parecía a nuestros abuelos. Y no nos hemos dado cuenta de que, precisamente, la falta de contacto genera estupidez social. Además, la falta de contacto a veces evidencia una prevalencia de yo frente al nosotros; un amor desmesurado por uno mismo. Cuidado: los psicópatas tienen una autoestima altísima. 

Para el que haya seguido leyendo hasta aquí con la intención de encontrar la fórmula mágica de la felicidad, lo siento: no existe, no la va a encontrar. Javier Urra si que nos dio algunas claves como  ”compartir pequeños detalles, no sufrir por cosas que no son relevantes, relativizar los problemas, regalen sonrisas,  y transmitan lo mejor de uno mismo. La naturaleza, hacer las cosas bonitas, a eso venimos hoy”. Incluso intentó poner corduras en términos difíciles como los que atraviesa ahora la sociedad española.  “En un momento de crisis como ahora hay que poner creatividad, austeridad e imaginación”.

Vamos a intentarlo, al menos. Empecemos por cambiar costumbres: la gente de costumbres es menos feliz porque se autoimpone sus propias limitaciones. Empieza hoy a leer el periódico desde atrás; levántate seis minutos más tarde; camina por la acera contraria cuando vayas a trabajar; cámbiate de silla a la hora de comer; pon la música muy alta, por un rato.

¿A qué estás esperando?